Servicio de habitaciones


Bien temprano en la mañana, cuando el hambre me hacía interrumpir mi sueño y rodeado de la armazón de madera de mi cuna, utilizaba un bullicioso método para clamar por mi biberón de leche. Mamiiiiii la leche!!!!!  vociferaba mi garganta infantil de forma impaciente, mientras a unos metros de mi, se apresuraba mi madre por proveerme de mi desayuno diario.

Un tiempo después, subía Yeya, mi mamá como también se le conoce con el pomo de leche que  llegaba como una bendición y un calmante luego del ayuno involuntario que presuponen más de ocho horas de sueño.
Al tacto, entre tibio y caliente, era muy reconfortante; el olor era un recordatorio de la vaca que proveía tan delicioso líquido, pero lo mejor de todo era el sabor: un verdadero regalo al paladar: dulce no, dulcísimo...aunque nunca me detuve a pensar, ni a preguntar( me) con qué lo endulzaba mi madre, sin con azúcar o leche condensada.

Lo cierto, es que cada mañana de mi infancia, recibía, en lo que hoy se me antoja como mi cama de lujo, mi cuna, un "servicio de habitaciones" de excelencia preparado con el amor que solo una madre le puede profesar a un hijo.   

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