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Mostrando entradas de septiembre, 2025

Ya no siento nada

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  Ya no siento nada por ella. De lo que recuerdo de aquella ciudad apenas queda un eco. Se ha ido deshaciendo poco a poco, como arena entre los dedos. Por eso decidí buscar un sitio distinto: uno que, en lugar de despedazarse, crezca; que en lugar de desmoronarse, se renueve. Yo me abandono a la ciudad que fue, no a la que es.  La de antes de mí era más hermosa que la que yo conocí, y por eso me alejé.  Le dije adiós. Y como yo tampoco volveré a ser quien era, creo que no regresaré nunca más. Ya fue. Adiós a la ciudad de mi infancia . A lo que queda de ella. A lo que la han convertido: ruinas , escombros , suciedad , pobreza , miseria . Es triste, muy triste. Pero como dije, la ciudad que me entristece ya no existe. Y la que existe… no tiene nada para mí. Adiós.

El callejón

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Se entraba por la Calzada de Diez de  Octubre. Era un callejón raro, de esos que se quedan grabados en la memoria como una fotografía que huele a polvo y a sol. Lo recuerdo en la Calzada de 10 de Octubre , frente a la Guarapera . Había que bajar por aquella pendiente, ni calle ni acera, solo un cemento áspero que parecía calentarse más rápido que el resto del mundo. El calor subía por las chancletas y me quemaba un poco la planta de los pies, pero me gustaba esa sensación. Casi al final, la bajada se inclinaba un poco más y el aire se sentía distinto, como si de pronto hubiera más silencio. Ahí empezaba el espacio de tierra: olía a polvo seco y a veces, después de la lluvia, a barro fresco. Frente a mí, la casa de Enriquito y su hermano de Noelito con sus padres por supuesto . Recuerdo sus voces, los saludos gritados de un lado a otro, el ruido metálico de alguna olla golpeando en la cocina, y el ladrido perezoso de un perro que siempre estaba echado en la sombra. Después ...

Locura por el flan

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  Cuando llegué a Suecia , por allá en e 2005 estaba todavía descifrando el idioma, el clima y hasta cómo funcionaban los autobuses. En medio de todo eso conocí a un hombre —creo que de   Eritrea — que era asistente social de una persona con discapacidad que yo visitaba. Lo que no se me borra de la memoria es su reacción cada vez que se enteraba de que yo había hecho un flan . Aquello no era normal. Apenas yo mencionaba la palabra “flan” y era como si le hubiera anunciado que había llegado Papá Noel , pero en julio. Los ojos se le abrían como platos, la respiración se le aceleraba y empezaba a moverse inquieto, casi como si no supiera qué hacer con las manos. Era una mezcla de alegría, ansiedad y algo que rozaba la locura. Yo me reía por dentro, porque era gracioso y un poquito preocupante a la vez. Una cosa es que a uno le guste un postre, y otra es que parezca que te va la vida en que te toque un pedazo. Nunca hizo nada indebido, pero su transformación era tan exagera...

S.T.O.P.

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  Cuando estoy bajo el agua, cada burbuja que sube me recuerda que allá abajo no hay espacio para el caos. Uno de los consejos más valiosos que he recibido en el buceo —y que hoy aplico en casi todo lo que hago— es sencillo pero poderoso: detente, piensa y luego actúa. La primera vez que lo escuché, pensé que era algo técnico, una recomendación más de seguridad. Pero con el tiempo me di cuenta de que es casi una filosofía. Cuando algo inesperado pasa a veinte metros de profundidad, reaccionar por impulso es la peor opción. Así que respiro, me detengo, observo, y solo después busco la solución. Curiosamente, fuera del agua me pasa lo mismo. En el montañismo , por ejemplo, cuando la ruta se cierra frente a mí, no siempre la respuesta está en seguir derecho; a veces es dar un rodeo, bajar un poco, subir otro tanto, y de repente aparece el paso que parecía imposible. Esa pausa consciente me ha salvado de errores, dentro y fuera del agua. Es mi recordatorio de que casi siempre ...

Cautivo

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En un inicio pensé que había sido una sola vez, en mi época de adolescente, cuando la oportunidad fue más fuerte que el compromiso. La segunda vez volví a caer cautivo. Esa vez no tuvo tanta repercusión para otros, pero estuve un tanto alejado de la vida social. Después llegaron sucesivos procesos en que, al caer cautivo, el mundo circundante desaparecía. En la oportunidad más cercana al tiempo en que escribo, el proceso fue más largo y más intenso: el contacto social afectaba mi condición de cautivo, algo que yo disfrutaba a plenitud. Podría pensarse que se trataba de una variante del Síndrome de Estocolmo , pero nada más alejado de la realidad. Mis captores eran libros. Excelentes libros. Inolvidables: Los mercaderes del Espacio El nombre de la Rosa Sinuhe, el egipcio El alquimista, Once minutos Millennium Diferentes, cautivadores… Así descubrí que soy feliz cuando estoy cautivo de la lectura.

Lector clandestino

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  No sé exactamente cómo llegaron a mis manos. Primero fueron revistas de Selecciones del Reader’s Digest . Después empezaron a aparecer los cómics , aquellos magazines de aventuras . Los que más me gustaban eran los de El Halcón Negro , ese grupo de pilotos intrépidos que vivían historias que me tenían en vilo. Los devoraba. Fue una época que disfruté intensamente, aprendiendo tanto de las historias de aventuras como de los artículos de Selecciones. Era un aprendizaje secreto, mío, que no compartía con nadie. En aquel tiempo en Cuba , tener publicaciones extranjeras —y peor aún, norteamericanas— podía ser visto como algo peligroso, “ diversionismo ideológico ” le decían. Así que guardaba silencio. Lo cierto es que nunca se lo conté a nadie. Aquellas revistas llegaron, me enseñaron, me hicieron soñar, y un día desaparecieron tal como habían venido.  Creo que fue mi padre quien me las trajo, pero no lo recuerdo con certeza. Solo sé que estuvieron ahí, que dejaron su huell...

Jazz al atardecer

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  Llego a casa y lo primero que busco es el silencio… o más bien, ese silencio que deja espacio para el jazz . Enciendo el equipo y las primeras notas se deslizan por el aire, como si suavizaran el cansancio del día. Abro las hojas de mi balcón francés . El aire de la tarde entra tibio, con un olor a calle que se mezcla con el de mi propia casa. Desde ahí veo el cielo que se apaga poco a poco, y me quedo quieto mirando cómo las nubes se tiñen de naranja y violeta, mientras el contrabajo marca un compás lento que parece latir en mi pecho. Algunas veces me sirvo un ron, otras me hago un té, otras solo me quedo de pie, apoyado en el marco de la puerta. Si cocino algo, lo hago sin prisa, dejando que el olor de la cebolla o el ajo acompañe la música. No me apuro. No quiero hablar, ni revisar el teléfono, ni llenar el espacio con nada que no sea mío. Solo quiero estar ahí, escuchando, respirando. Es mi pequeño ritual: la música, el atardecer, el aire que entra por el balcón… y ...