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Mostrando entradas de marzo, 2026

El meneo

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Iba yo caminando por una calle de Estocolmo , bien serio, con mi abrigo hasta la barbilla, sintiéndome casi sueco ya… o eso creía. Todo el mundo caminando en línea recta. Paso firme. Mirada al frente. Como si estuvieran entrenando para una competencia de “quién llega primero sin mover una ceja”. Y yo ahí, observando… analizando… como científico del comportamiento humano. —“Bueno, compadre… esto es lo que hay ahora”— me dije. De pronto, pasan dos muchachas. Y nada. Ni una curva en el aire. Ni un compás. Ni un tumbao. Aquello era como ver un documental de pingüinos… pero sin gracia. Yo me quedé pensando: —“¿Pero qué pasó con el mundo? ¿Se apagó el ritmo global o qué?” En eso, saco el móvil y me pongo a buscar —porque tú sabes que uno es curioso— y me encuentro con un supuesto documental sobre “la eficiencia del movimiento en climas fríos”. Decía algo así como: “En países nórdicos, el caminar tiende a ser funcional, directo, energético…” Y yo: —“¡Claro! ¡Fun...

¿Montañismo ?

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Cada vez que iba a Austria, había una especie de tradición no escrita: eran las chicas las que organizaban los planes. Nosotros opinábamos, claro… pero al final, ellas decidían. En aquella ocasión le tocó a ella, la búlgara. Propuso algo que sonaba perfecto: —Vamos a hacer senderismo en las montañas. Invierno. Montañas. Austria. Nada podía fallar. O eso pensábamos. Cuando fuimos a recogerla en el auto, lo primero que noté fue… el calzado. Unas botas. Pero no botas de montaña. No botas de nieve. No botas técnicas. Eran… cómo decirlo… Botas con pelo. De esas que parecen hechas con el pelaje de un oso polar. Bonitas, sí. Útiles… ya eso era otra historia. La miré. Miré sus pies. Volví a mirarla. Pensé en decir algo… pero no lo hice. Error. El viaje duró unas dos horas. El paisaje iba cambiando poco a poco: la ciudad quedó atrás, luego los pueblos, luego la carretera empezó a subir, y el frío se hizo más presente. Había nieve. Cada ve...