El meneo
Iba yo caminando por una calle de Estocolmo, bien serio, con mi abrigo hasta la barbilla, sintiéndome casi sueco ya… o eso creía.
Todo el mundo caminando en línea recta.
Paso firme.
Mirada al frente.
Como si estuvieran entrenando para una competencia de “quién llega primero sin mover una ceja”.
Y yo ahí, observando… analizando… como científico del comportamiento humano.
—“Bueno, compadre… esto es lo que hay ahora”— me dije.
De pronto, pasan dos muchachas.
Y nada.
Ni una curva en el aire.
Ni un compás.
Ni un tumbao.
Aquello era como ver un documental de pingüinos… pero sin gracia.
Yo me quedé pensando:
—“¿Pero qué pasó con el mundo? ¿Se apagó el ritmo global o qué?”
En eso, saco el móvil y me pongo a buscar —porque tú sabes que uno es curioso— y me encuentro con un supuesto documental sobre “la eficiencia del movimiento en climas fríos”.
Decía algo así como:
“En países nórdicos, el caminar tiende a ser funcional, directo, energético…”
Y yo:
—“¡Claro! ¡Funcional! ¡Pero mi hermano… y la poesía dónde queda!”
Ahí fue cuando me dio el viaje mental.
Cerré los ojos… y de pronto me vi en La Habana.
El sol.
El calorcito pegando.
La brisa moviendo la ropa ligera.
Y entonces… aparece ella… o ellas… porque eso no es individual, eso es un fenómeno colectivo.
Ese caminar que no se enseña.
Que no se aprende.
Que simplemente sale.
Un pie delante del otro… pero con historia.
Con música invisible.
Con un “mírame pero no tanto”…
Con un “yo sé que tú estás mirando”.
Cada cual con su estilo:
- La que va lenta, como si el tiempo fuera suyo.
- La que va rápida, pero sin perder el swing.
- La que ni sabe que lo hace… pero lo hace mejor que nadie.
Eso no es caminar…
Eso es una conversación sin palabras.
Abrí los ojos otra vez en Estocolmo.
Pasó un sueco trotando.
Una señora con bastones nórdicos.
Un tipo en bicicleta eléctrica.
Y yo suspiré:
—“Nada, chico… aquí hay que ponerle imaginación.”
Y justo en ese momento… pasa otra muchacha.
Y por un segundo…
¡por un segundo nada más!…
hubo un ligero movimiento… un pequeño desvío… un intento tímido de tumbao.
Yo me enderecé:
—“¡Ajá! ¡Algo hay! ¡La globalización está haciendo su trabajo!”
Pero no…
Fue solo el viento.
Porque al final,
el contoneo no está solo en las caderas…
también vive en la memoria.
Y en cuanto suena un son…
hasta el hielo de Suecia se derrite un poquito

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