¿Montañismo ?







Cada vez que iba a Austria, había una especie de tradición no escrita:

eran las chicas las que organizaban los planes.


Nosotros opinábamos, claro… pero al final, ellas decidían.


En aquella ocasión le tocó a ella, la búlgara.

Propuso algo que sonaba perfecto:


—Vamos a hacer senderismo en las montañas.


Invierno.

Montañas.

Austria.


Nada podía fallar.


O eso pensábamos.




Cuando fuimos a recogerla en el auto, lo primero que noté fue… el calzado.


Unas botas.


Pero no botas de montaña.

No botas de nieve.

No botas técnicas.


Eran… cómo decirlo…


Botas con pelo.

De esas que parecen hechas con el pelaje de un oso polar.

Bonitas, sí.

Útiles… ya eso era otra historia.


La miré.

Miré sus pies.

Volví a mirarla.


Pensé en decir algo… pero no lo hice.


Error.




El viaje duró unas dos horas.

El paisaje iba cambiando poco a poco:

la ciudad quedó atrás, luego los pueblos, luego la carretera empezó a subir, y el frío se hizo más presente.


Había nieve.


Cada vez más nieve.


Y entonces llegamos.


Y ahí fue donde todo cambió.




No era un sendero.

No era una ruta de montaña.


Era una estación de esquí.



De esas grandes.


Con telesillas subiendo lentamente hacia la cima, gente equipada con esquís, tablas de snowboard, trajes térmicos… todo perfectamente preparado para el invierno.


Nosotros… no.


Nos miramos.


Luego la miramos a ella.


Y entonces empezó la risa.




—¿Esto era lo que habías planeado?

—¿Senderismo?

—¿Con esas botas?


Ella también empezó a reírse.


Porque ya no había nada que hacer.


El plan… no era el plan.




Aun así, nos subimos.


Las sillas nos elevaron lentamente sobre la nieve.

El paisaje se abrió ante nosotros como una postal:

blancos intensos, bosques oscuros, montañas recortadas contra el cielo.


Los Alpes.


Imponentes.


Silenciosos.


Perfectos.



Arriba, el frío era más intenso.


La nieve crujía bajo los pies.

Los esquiadores descendían con velocidad, como si formaran parte del paisaje.


Nosotros caminábamos… como podíamos.


Y ella… con sus botas de “oso polar”.




No hicimos senderismo.

No hicimos montañismo.


No hicimos absolutamente nada de lo que se había planeado.


Pero nos reímos.


Mucho.

Y al final, eso fue lo importante.


Porque hay días en los que todo sale según lo previsto…

y hay otros en los que nada sale como debía.


Pero son esos últimos los que uno recuerda mejor.






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