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Mostrando entradas de octubre, 2025

Mis historias

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Ahora gano tiempo contando mis historias. Antes lo perdía mirando las de otros… historias que no eran mías, unas inventadas, otras reales, pero ajenas. Y mientras las veía pasar, la vida también pasaba, sin pausa, como si esperara que yo me decidiera a recordarme. Mis historias me devuelven al principio. A mis raíces. A lo que fui, a lo que hice, a lo que soñé sin saberlo. A mi niñez, con su olor a tierra y a mango maduro; a mi juventud, con su hambre de mundo; a los amigos que tuve y que aún viven en alguna esquina de mi memoria. A mi familia, al instante en que nací y crecí sin saber que todo eso, lo sencillo, lo cotidiano, me estaba preparando. Es curioso cómo cambia la mirada con el tiempo. Cuando uno empieza a contar su propia historia, se da cuenta de que nada fue casualidad. Que hubo pasos conscientes, sí… pero también otros que di a ciegas, empujado por algo que todavía no entendía. Y sin embargo, todo, absolutamente todo, me trajo hasta aquí. Han pasado dos dé...

Guajiro repentista

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  Mi padre era un hombre hecho de manos y tierra. Podía levantar una casa desde los cimientos hasta el último clavo del alero. Era albañil, carpintero, plomero y electricista, todo junto, como si la vida le hubiera enseñado cada oficio a cambio de una historia. Lo vi muchas veces con el torso desnudo, la piel oscura brillando bajo el sol, el martillo en una mano y el nivel en la otra, haciendo que las cosas existieran, así de simple, como quien planta una semilla y espera que crezca. Pero no era solo un hombre de herramientas; también era guajiro, de los buenos. Nació en Calabazar, cuando todavía se decía que aquello quedaba “a las afueras de La Habana”, aunque en verdad era más campo que ciudad. Sabía de gallinas, de toros, de surcos y de aguacates, y tenía esa manera pausada de hablar que tienen los hombres que entienden los silencios del monte. Lo que más me fascinaba, sin embargo, era su facilidad para improvisar décimas. Le bastaba una chispa para ponerse a rimar. Las hac...

Cuatro y un por dos

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Cuatro transportes y un solo viaje Cada mañana, mi trayecto al trabajo parece una coreografía cuidadosamente ensayada. Cuatro cambios de transporte: primero el autobús, luego el tren corto, después el tranvía, y finalmente el metro. Un recorrido breve en tiempo —entre diez y veinte minutos por tramo—, pero tan variado que a veces siento que vivo en una mini serie urbana con episodios diarios. El autobús del barrio es el primer acto. Ahí subo medio dormido, junto a los mismos rostros de siempre: la señora que habla bajito con un teléfono que nunca suena, el joven que lleva la música tan alta que todo el bus late con el bajo, y el conductor que frena con arte justo cuando alguien intenta dar el primer sorbo de café. Todo dura poco, pero siempre pasa algo. Luego viene el pendeltåg, el tren corto. Aquí el silencio se impone como una norma no escrita. Nadie habla, nadie mira, y todos parecen viajar dentro de sus propios pensamientos. Yo observo por la ventana, viendo desfilar los ár...

La gorra

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  Nunca supe por qué la conservé tanto tiempo. A simple vista no tenía nada de especial, pero había algo en sus colores que siempre me detenía un segundo antes de guardarla. No era una gorra nueva, tampoco vieja del todo; parecía haber vivido justo lo necesario para tener historia. El tejido de la parte superior tenía un tono incierto, algo entre el gris y la sombra, como si se negara a ser definido. Abajo, la visera mostraba un color que no encajaba del todo, un anaranjado discreto, gastado en los bordes, con una curva que no venía de fábrica. Esa curva se la di yo, una tarde cualquiera, sin pensarlo mucho, solo por sentirla más mía. El cierre trasero, de plástico, tenía la aspereza de las cosas hechas para durar sin pretensión. A veces jugaba con él, escuchando el pequeño chasquido de los dientes al encajar, ese sonido tan insignificante y, sin embargo, tan familiar. Mucho después supe que mi padre había jugado béisbol. No como pasatiempo, sino de verdad, a nivel profesio...

Un mes de 50 años.

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Mi cumpleaños número 50 Comencé la celebración de mis cincuenta años con el alma ligera y el corazón en calma, dejando que el viaje marcara el ritmo de cada momento. El viernes 1 de febrero, a las ocho en punto de la noche, zarpó el ferry desde Nynäshamn rumbo a Gotland. El viento del mar Báltico traía consigo una mezcla de expectación y gratitud. Dejaba atrás la rutina, dispuesto a vivir cada día como una página nueva de una historia bien escrita. El sábado fue una fiesta en todos los sentidos: un bautizo lleno de ternura y, después, una celebración cubana en la isla. Música, risas, abrazos y ese aire cálido que solo se siente cuando uno está entre gente que vibra igual. El siguiente fin de semana, el sábado 9, lo dediqué a los brindis en el Hay Market Bar —dos copas que supieron a libertad y a nuevas metas. El sábado 16 celebré la parte más espiritual del camino: una fiesta religiosa, íntima, luminosa. El domingo 17 llegó con un toque de magia: una cena seguida del concier...

Saúl y Saúl

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  A ella la conocí mucho después que a su esposo. A él lo conocí primero, porque fue uno de mis alumnos, y nunca imaginé que las cosas fueran a tomar el rumbo que tomaron. Ella siempre dice que al principio yo le caía mal… y probablemente tenga razón. Nos presentaron en una fiesta en casa de unos amigos; ella acababa de llegar de Cuba y yo la saludé de forma normal, sin mucha efusividad. Quizás fue eso, que no me comporté con el calor típico que solemos tener los cubanos cuando estamos fuera, y por eso me vio como un pesado. Pero la vida da muchas vueltas. Con el tiempo empezamos a compartir más y la amistad se fue fortaleciendo. Ya yo era el padrino de su hija mayor, así que teníamos un vínculo bonito. Un día me llama y me dice: —Estoy embarazada, y cuando nazca el niño quiero preguntarte si estás de acuerdo en que le pongamos tu nombre. Ya lo hablé con mi esposo, y él está de acuerdo. ¿Y tú? La verdad, me quedé sorprendido. No era solo volver a ser padrino, eso ya lo era. Lo ...

Mis cocteles. 3. Laguna Mística.

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 60 ml de whisky Ballantines, , 60 ml de vermouth Perlino Blanco 60 ml de Blue Curaçao  Una Clara de huevo  Mezclar todos esos en una coctelera al seco ( sin hielo ),  Verter en un vaso bajo ancho, colando el contenido de la coctelera y agregar un chorrito de Crema de Cassis, Borgoña

Coser y bailar

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  Estábamos en plena preparación para una presentación. El vestuario estaba regado por todos lados: camisas, pantalones, telas, lentejuelas y botones. Yo estaba sentado en una de las sillas del salón de ensayo, con una camisa sobre las piernas, enhebrando una aguja con hilo blanco para ponerle un botón que se había caído. Mientras pasaba la aguja con cuidado, tratando de que la puntada quedara firme y derecha, escuché unas risas suaves a mi lado. Levanté la vista y allí estaba ella, una de las responsables del Movimiento Artístico Cultural de la Universidad. Se quedó mirándome un segundo, con una sonrisa amplia, como si la escena le resultara especialmente divertida. —Siempre que te veo haciendo eso me da mucha gracia, Saúl —me dijo. Yo seguí cosiendo el botón sin apurarme. Ella se cruzó de brazos, inclinada un poco hacia adelante, observando cada puntada como si fuera un espectáculo aparte. Alrededor, algunos compañeros practicaban pasos fuertes, golpes de tambor, movimiento...