La mirada del bosque




De todos los animales que he visto en mi vida —y no han sido pocos—, los lobos son los únicos que realmente me han impresionado. He estado frente a leones, tigres, panteras, pumas, incluso tiburones y serpientes venenosas, pero ninguno me provocó esa sensación tan intensa de presencia salvaje.

Fue en Skansen. Estaban en un foso amplio, diseñado como un pequeño bosque, con árboles y sombras que parecían parte de su propio mundo. Yo los observaba desde arriba, a unos veinte metros, y aun así su energía se sentía. No era miedo lo que sentí, sino una mezcla de respeto y asombro.


Tal vez porque los otros animales que había visto antes estaban siempre contenidos: en circos, detrás de barrotes, domesticados por la rutina. Pero esos lobos no. Se movían con una libertad interior que no dependía del espacio, sino de su naturaleza. Y en su mirada había algo antiguo, una chispa del bosque, del invierno, del instinto.


Algo que recordaba que, por más civilizados que nos creamos, la vida salvaje sigue mirándonos desde lejos. 


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