Un mes de 50 años.

Mi cumpleaños número 50



Comencé la celebración de mis cincuenta años con el alma ligera y el corazón en calma, dejando que el viaje marcara el ritmo de cada momento.

El viernes 1 de febrero, a las ocho en punto de la noche, zarpó el ferry desde Nynäshamn rumbo a Gotland. El viento del mar Báltico traía consigo una mezcla de expectación y gratitud. Dejaba atrás la rutina, dispuesto a vivir cada día como una página nueva de una historia bien escrita.



El sábado fue una fiesta en todos los sentidos: un bautizo lleno de ternura y, después, una celebración cubana en la isla. Música, risas, abrazos y ese aire cálido que solo se siente cuando uno está entre gente que vibra igual.


El siguiente fin de semana, el sábado 9, lo dediqué a los brindis en el Hay Market Bar —dos copas que supieron a libertad y a nuevas metas.

El sábado 16 celebré la parte más espiritual del camino: una fiesta religiosa, íntima, luminosa.


El domingo 17 llegó con un toque de magia: una cena seguida del concierto Blue Planet II Live en el Ericsson Globe Arena. Ver y escuchar aquel espectáculo inmenso fue como recordar la belleza del planeta que tanto amo explorar bajo el agua.


El lunes 18, ya más tranquilo, disfruté del estreno de Alita, the Battle Angel en el Mall of Scandinavia. Un poco de acción, palomitas y buen cine para cerrar el día.


El jueves 21 fue diferente: un buceo especial en Eriksdalsbadet para celebrar los cincuenta sumergido en lo que más me apasiona. Dyk på min 50 —así lo marqué en mi agenda, y así lo viví: respirando bajo el agua, celebrando la vida.


El sábado 23 cené en el restaurante Dyonysos. La comida, el vino y el ambiente fueron el preámbulo perfecto para el domingo siguiente, cuando compartí un desayuno cálido en casa, antes de una noche de lujo y ritmo en Alvik.


Los días previos al viaje fueron puro movimiento: el lunes 25 hice el check-in del vuelo, y el martes 26 combiné entrenamiento, compras, una siesta bien merecida y el check-in en el hotel Park Inn by Radisson, en Hammarby Sjöstad. Esa misma noche, una cena de bienvenida en Erik’s Gondolen con vistas a Estocolmo cerró el día de la mejor manera: buena compañía, vino y ciudad iluminada.


Y entonces llegó el miércoles 27 de febrero, el día central, el de mi cumpleaños número cincuenta.

A la una de la tarde, un almuerzo de celebración en T.G.I. Friday, en Karlaplan. Un brindis por medio siglo de vida, por los caminos recorridos y por los que aún me esperan.

Más tarde, rumbo a Skavsta y, al caer la noche, el vuelo hacia Austria.


El jueves 28 continuó la energía con una sesión intensa de E.M.S. training en M.A.N.D.U., y una cena deliciosa en el restaurante Sole, donde los sabores parecían festejar conmigo.

La noche siguiente, la celebración siguió en el club Danzón —música, risas, regalos y ese espíritu alegre que no se apaga.



Finalmente, el viaje culminó con una excursión a las montañas de Austria, rodeado de paisajes inmensos y del silencio blanco de la nieve. Fue el cierre perfecto: naturaleza, altura, paz y esa sensación de estar exactamente donde debía estar.



Cincuenta años… y cada instante de esos días me recordó que la vida, cuando se vive con pasión, se celebra mucho más allá del calendario.




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