El poder de elegir la calma.


 Anoche tuve un sueño de esos que te dejan pensando cuando te despiertas. No fue un sueño bonito, al contrario, era bastante perturbador. Lo curioso es que, desde el principio, supe que no era real. Estaba soñando, sí… pero al mismo tiempo, era consciente de todo. Sabía lo que pasaba, lo que podía pasar, y —lo más interesante— que podía cambiarlo si quería.


Me encontraba en medio de una misión militar. No era cualquier cosa: era peligrosa, con riesgos reales para mi estado físico, y aunque sabía que nada estaba pasando en realidad, sentía el peso de la decisión. Entonces, respiré profundo y pensé: “¿Para qué me voy a meter en esto si puedo cambiarlo?”


Así que lo hice. Bajé el nivel de peligro, como si girara un botón invisible, y al final simplemente anulé toda la misión. En vez de enfrentar balas o explosiones, terminé caminando tranquilo… y comiendo dulces. Justo como la noche anterior, cuando en la cena de despedida de unos amigos que regresaban a Cuba, me serví un buen plato de postres caseros. Fue como si mi mente hubiera buscado un equilibrio: de lo amenazante del combate… al sabor dulce de un buen momento compartido.


Lo que más me sorprendió fue mi calma. No sentí ansiedad ni miedo. Estaba en paz. Muy relajado. Fue como si mi propia mente me dijera: “Nada de esto tiene por qué desestabilizarte.”


Y es que, con el tiempo, he aprendido a manejar mis niveles de estrés. A no dejar que las tormentas internas me arrastren. Controlo mi tiempo, dejo márgenes amplios para imprevistos, y cuando algo me quiere alterar, simplemente… no lo permito.


Así que sí, tuve un sueño perturbador, pero no me perturbó. Lo transformé. Lo endulcé. Y desperté como me gusta estar: en paz, tranquilo, relajado.


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