Experiencia religiosa


 




Todo estuvo dispuesto en la iglesia elegida.

El sol de la mañana se filtraba a través de los vitrales, tiñendo de colores suaves el suelo de piedra. Afuera, el murmullo de la gente se mezclaba con el canto de las campanas, que parecían anunciar algo más que un simple ritual: un comienzo.


Los padrinos llegaron puntuales —los futuros compadres de mis padres, por supuesto—, con rostros solemnes y un leve temblor en las manos. En el silencio expectante, el incienso se elevaba en espirales lentas, llenando el aire de un aroma antiguo, casi sagrado.


En el centro, el sacerdote se preparaba junto a la pila bautismal, donde el agua esperaba quieta, como si también supiera que iba a recibir un alma nueva.

Mi madre me sostenía con ternura; mi padre, a su lado, miraba con una mezcla de orgullo y nerviosismo.


Dicen que fue un día hermoso, de luz limpia y cielo sin nubes, uno de esos que marcan un antes y un después.

Mi primera experiencia religiosa.


Pero no la recuerdo en lo absoluto.

Lo que acabas de leer es, simplemente, lo que lógicamente debió haber pasado.


No recuerdo nada.

Era muy chico.

Fue mi bautizo.


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