Guajiro repentista
Mi padre era un hombre hecho de manos y tierra.
Podía levantar una casa desde los cimientos hasta el último clavo del alero. Era albañil, carpintero, plomero y electricista, todo junto, como si la vida le hubiera enseñado cada oficio a cambio de una historia. Lo vi muchas veces con el torso desnudo, la piel oscura brillando bajo el sol, el martillo en una mano y el nivel en la otra, haciendo que las cosas existieran, así de simple, como quien planta una semilla y espera que crezca.
Pero no era solo un hombre de herramientas; también era guajiro, de los buenos. Nació en Calabazar, cuando todavía se decía que aquello quedaba “a las afueras de La Habana”, aunque en verdad era más campo que ciudad. Sabía de gallinas, de toros, de surcos y de aguacates, y tenía esa manera pausada de hablar que tienen los hombres que entienden los silencios del monte.
Lo que más me fascinaba, sin embargo, era su facilidad para improvisar décimas. Le bastaba una chispa para ponerse a rimar. Las hacía con esa mezcla de picardía y sabiduría que solo tienen los viejos guajiros. Una de ellas, de las que más recuerdo, era sobre la procreación. No hablaba de amor ni de ciencia, sino de lo que pasaba entre los animales, con palabras tan naturales y tan suyas, que a veces yo me tapaba la cara para que no me viera reír.
Comenzaba hablando del toro y la vaca, seguía con el gallo y la gallina, y por ahí iba, con su voz ronca y risueña, hasta llegar al hombre. Entonces soltaba la última rima con tanta gracia, que no quedaba más remedio que reírse. No era grosero, no era vulgar, era simplemente campo puro, dicho con ese respeto burlón que tiene la gente que sabe que la vida es un ciclo sin misterio.
Lástima que nunca pude grabarlo. No había cómo en aquel tiempo. Solo me quedó el recuerdo de su voz, de su sonrisa, y de esa décima que se me escapa de la memoria, pero no del alma. Cada vez que pienso en él, lo escucho recitando otra vez, parado en el patio, con el sol bajando y los gallos de fondo, riéndose de la vida como si la hubiera entendido desde siempre.



Comentarios
Publicar un comentario