Cuatro y un por dos
Cuatro transportes y un solo viaje
Cada mañana, mi trayecto al trabajo parece una coreografía cuidadosamente ensayada. Cuatro cambios de transporte: primero el autobús, luego el tren corto, después el tranvía, y finalmente el metro. Un recorrido breve en tiempo —entre diez y veinte minutos por tramo—, pero tan variado que a veces siento que vivo en una mini serie urbana con episodios diarios.
El autobús del barrio es el primer acto. Ahí subo medio dormido, junto a los mismos rostros de siempre: la señora que habla bajito con un teléfono que nunca suena, el joven que lleva la música tan alta que todo el bus late con el bajo, y el conductor que frena con arte justo cuando alguien intenta dar el primer sorbo de café. Todo dura poco, pero siempre pasa algo.
Luego viene el pendeltåg, el tren corto. Aquí el silencio se impone como una norma no escrita. Nadie habla, nadie mira, y todos parecen viajar dentro de sus propios pensamientos. Yo observo por la ventana, viendo desfilar los árboles, los tejados, el cielo gris. A veces pienso en Cuba, en los trenes que hacían más ruido pero donde la gente conversaba. Aquí, en cambio, reina una calma casi matemática.
Después llega el tranvía, mi favorito. Tiene algo relajante, casi filosófico. La gente parece más suelta, el paisaje urbano se vuelve cercano, y el conductor siempre lleva esa mirada de quien ha alcanzado la serenidad absoluta… o la resignación total. Yo pongo mi música —un poco de salsa, a veces jazz— y me dejo llevar, como si el día comenzara de verdad en ese tramo.
Y al final, el metro. El gran remate del viaje. Ahí confluyen todos los mundos: estudiantes medio dormidos, ejecutivos leyendo informes, turistas confundidos con el mapa, y siempre, siempre, alguien desayunando algo con olor a curry a las ocho de la mañana. Nunca falla.
Podría parecer cansado cambiar tantas veces de transporte, pero no lo es. Es un recorrido dinámico, casi entretenido. Me mantiene despierto, curioso, observando a cada pasajero como si fuera parte de una historia que solo yo estoy escribiendo.
A veces sonrío solo, pensando que si esto fuera Nueva York ya habría visto un concierto improvisado o una cabra en el vagón. Pero aquí, en Suecia, lo más extravagante que puede ocurrir es que alguien me devuelva la sonrisa. Y créeme, eso ya es todo un evento.



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