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Mostrando entradas de abril, 2025

Vino seco

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La noche que no dormía La noche de carnaval no terminaba cuando acababa el desfile de la comparsa. Al contrario, ese era solo el principio. Regresábamos al punto de partida, allá en la beca frente al malecón, todavía sudando brillo, tambores en el pecho y lentejuelas en el alma. Y entonces comenzaba otra fiesta: dominó, risas, tragos improvisados, abrazos que sabían a sal y a música. Amanecía sin darnos cuenta. Y como si eso no bastara, la segunda parte del ritual era irnos para Guanabacoa con los muchachos del Grupo de Piro Nuevo, sobre todo con Tomasito y David.  Allá, entre cuentos y carcajadas, seguíamos celebrando, ahora con una bebida que era casi un invento alquímico: vino seco —ese que normalmente se usa para adobar carnes—, mezclado con agua y un poco de azúcar para disimular su verdadero carácter. Una locura deliciosa. Era tiempo de juventud loca. De cuerpos incansables y corazones ardientes. De vivir sin relojes, sin culpa, sin miedo al día siguiente. Y aunqu...

Cantando mojado

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  El escenario de azulejos Hubo un tiempo —antes de que los altavoces portátiles inundaran las casas, antes de que uno pudiera llevar el concierto en el bolsillo— en que el baño era un santuario sagrado. Un templo donde los ecos hacían magia y los azulejos se convertían en la mejor acústica de toda la casa. Yo tenía mi propio escenario allí, tras la cortina de plástico, con el agua cayendo como un telón brillante. Cada ducha era una actuación. Una mezcla de limpieza y liberación, de afinación emocional y espuma. Cantaba. Cantaba como si alguien me escuchara. Como si esa pequeña caja de azulejos fuera un teatro secreto y yo, el protagonista de una historia en la que la voz no tenía que ser perfecta. En español o en inglés —con más entusiasmo que precisión fonética, lo admito— soltaba estrofas enteras, inventando lo que no sabía, rellenando los huecos con sonidos que “parecían” palabras. Pero no era solo cantar por cantar. Había algo profundamente íntimo en ese acto. Era e...

Agente infiltrado.

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  Una inmersión multilingüe Todo sucedió durante unas vacaciones de buceo en Montenegro, junto con mi club de buceo sueco, con sede en Gävle. Lo curioso era el ambiente lingüístico que nos rodeaba: los chicos del club local —algunos de Montenegro, otros de Serbia— se comunicaban entre ellos en montenegrino, serbio o croata, a veces mezclando los tres como si fueran un solo idioma con diferentes acentos. Para comunicarnos hablábamos entre nosotros en sueco, claro está, y con ellos en inglés.  Todo fluía como un coral multicolor de idiomas bajo el mismo mar. Pero lo divertido vino cuando uno de los chicos —exagente de policía, nada menos— me comentó que su madre había sido profesora de ruso. Le respondí con una sonrisa: —¡Я тоже говорю по-русски! (¡Yo también hablo ruso!) Le solté un par de frases en su idioma… y él me entendió todo. Entonces, mirando al resto del grupo, les soltó con tono conspirativo: —Chicos, cuidado con Saúl. No solo habla inglés y sueco… también ...

Seguir bailando

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Ya casi no me subo a los escenarios a mostrar mi arte —bailar, cantar, actuar—, y, sin embargo, no siento nostalgia. Siento gratitud. Gratitud por haber bailado en tierras lejanas y cercanas: Cuba, Nicaragua, México, Suecia, Polonia, Rusia, Italia, Alemania, Canadá, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Serbia… Por haber dejado, en cada tabla pisada, un pedazo de mi alma y un eco de mi cultura. Anoche, en el Día Internacional de la Danza en Estocolmo, mientras aplaudía el arte de otros, algo dentro de mí vibró. No era añoranza: era orgullo. Era la dulce certeza de haber vivido esos momentos que ahora me iluminan desde adentro. Lloré de emoción. Reí por dentro. Me sentí pleno, satisfecho, inmensamente vivo. Porque bailo en cada latido. Y todavía queda mucho, mucho por seguir bailando… ¿

Veinte pesos

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Veinte pesos Hubo un tiempo en que veinte pesos cubanos eran un tesoro. No un símbolo, no una metáfora: un verdadero tesoro. Con esos veinte pesos que mi padre me daba para el fin de semana, yo sentía que tenía el mundo en la palma de la mano. Recuerdo una noche en particular. Salí de casa como quien va a conquistar el universo, con mis veinte pesos bien guardados en el bolsillo y una sonrisa cómplice en la cara. Tomé un taxi desde mi barrio hasta El Vedado —el trayecto costaba apenas 1 peso con 20 centavos. Sí, leías bien: 1.20. Una cifra que hoy parecería de un cuento de realismo mágico, pero era completamente real. Llegamos a la fiesta que se celebraba en la sede de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, un lugar que, para nosotros, era como una pista de despegue hacia la diversión. Sonaba música, había luces, conversaciones cruzadas, miradas que se encontraban. Yo iba con alguien a quien consideraba mi amigo —eso pensaba yo entonces. Compartí con él una media botella de ron ...

Carla

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Carla Tu nombre suena a viento libre, a pasos firmes en tierra nueva, a mirada clara que no se rinde y a sueños que no se quiebran. Carla, mujer nacida de fuerza suave, de amor profundo y raíz viva. Llevas en ti la historia de tu padre, y sin embargo, caminas tu camino con voz propia, con alas propias. Eres luz que se escurre entre los dedos del tiempo, risa que florece en los días grises, coraje sin estruendo, ternura sin límites. Carla, nombre de mujer libre, valiente sin necesidad de armadura. Eres todo lo que un nombre puede prometer y mucho más de lo que el mundo aún conoce.