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Hubo un tiempo, en mis años de estudiante preuniversitario, en el que no solo leía… devoraba libros. Uno por semana, como mínimo. Era casi una necesidad, una sed que no se calmaba fácilmente. Cada libro era una ventana abierta a mundos desconocidos, a historias que me hacían viajar sin moverme, a ideas que me sacudían por dentro.
Aquella práctica fue, sin duda, una de las más enriquecedoras de mi vida. Me abrió los ojos a la cultura, a la geografía, a la historia, pero sobre todo, a la vida en todas sus formas. Recuerdo esa etapa con gratitud, porque fue un tiempo de expansión, de descubrimiento, de nutrirme por dentro.
Hoy, con la madurez que da el tiempo, siento el deseo de volver a ese hábito. De leer más, no solo por el placer de las palabras, sino también por la necesidad de seguir creando, creyendo, aprendiendo… y reaprendiendo. Porque sé que cada página puede ser una chispa para algo nuevo, un pensamiento, una historia, una emoción. Y en ese gesto simple de abrir un libro, sé que aún hay mucho por encontrar.




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