La cortina del baño






Era verano. Estábamos en Cuba, un grupo de turistas, la mayoría suecos. Yo, cubano, también me comportaba como turista, saboreando la experiencia desde el otro lado.

Llovía a cántaros, y nuestra habitación estaba algo retirada del restaurante del hotel. Busqué sin éxito un paraguas; tampoco había en recepción. Entonces se me ocurrió una idea simple y práctica: la cortina del baño. Plástica, impermeable, resistente.


Nos envolvimos con ella, y caminamos bajo la lluvia. Solo los pies, salpicados, sufrieron algo. El resto de nuestros cuerpos llegó seco. Al entrar al restaurante, entregamos la cortina a los camareros. Sonrieron con complicidad y la colgaron en un rincón para que se escurriera el agua. Objetivo cumplido.



Nuestros amigos suecos llegaron después, completamente empapados. Nos miraron sorprendidos. Les contamos lo que hicimos, y se quedaron boquiabiertos.

Fue uno de esos momentos en que la ingenuosidad —o como decimos nosotros, la inventiva del cubano— brilla con luz propia.

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