Día de viaje



Me despierto a las 05:30, pero me permito el lujo de quedarme en la cama hasta pasadas las 06:00.

Hoy vuelo a las 18:00, pero el verdadero viaje comienza mucho antes.

Antes del aeropuerto, antes del asiento 7A, antes del check-in.


Primero, hay que ordenar el caos doméstico:

fregar los platos de anoche, recoger la ropa seca, doblarla con cariño y devolverla a su lugar.

Terminar de empacar.

Intentar comer algo antes de las 08:00, antes de salir en tiempo para llegar a tiempo a casa de mis hijos.


Y lo logré.




Carla abre la puerta y Vilma me sorprende con un “Hola” inesperado,

cálido, directo, como un pequeño regalo sin envoltorio.


Leandro se asombra con mi camiseta del equipo de Nueva York.

Yo me asombro al saber que se irán en bici a Rålis.

Yo no tengo la mía.

Así que camino.


Ellos pedalean: mis dos hijos, la hija de la amiga de su madre, dos amiguitos más.

Bajo la mirada atenta de quien también les dio la vida.


El día es generoso:

sol brillante, brisa ligera, voces felices.


Jugamos voleibol de playa… sin playa, pero con arena.

Nos reímos, gritamos, fallamos, celebramos.

Ganamos todos.


Volvemos a casa.

Ellos en bici. Yo, a pie.


Almuerzo compartido. Despedida breve.


Y entonces:

metro, tren, bus, avión, bus, auto…


Y sin saber exactamente en qué momento,

ya estoy en Italia.


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