“Tres sueños y una orilla”
Soñé con Cuba.
Pero no era la Cuba de los mapas ni la de los noticieros.
Era la Cuba que vive en la memoria,
la que se presenta en sueños como una casa sin dirección fija,
donde los encuentros suceden con quienes ya no están allí.
En el primero, compartía un evento con alguien como yo:
desarraigado, viajero, hijo de islas y distancias.
Ambos habíamos dejado atrás la tierra,
y sin embargo allí estábamos, como si el recuerdo nos convocara.
Una celebración en tierra prestada,
pero en la atmósfera conocida del origen.
El segundo sueño fue una carta.
Manuscrita, urgente, con fecha límite:
el día 18.
Una persona —que no es cubana, que nunca estuvo atrapada—
me pedía 40 mil dólares para salir de una Cuba simbólica.
Una Cuba que no era geografía,
sino cárcel emocional, o espejo de alguien que aún no se libera.
Yo no sabía si podía —o debía— ayudar.
¿Era él el prisionero? ¿O era yo?
Y en el tercero, buscaba a alguien.
Una mujer en España.
La visita no se concretaba. Confusión, ruido,
un amigo que hablaba de otra mujer,
una situación desagradable, un desvío emocional.
Me bajé antes. Corrí.
Y en la esquina me esperaba otra figura,
una chica que aún está en Cuba, a la que hace tiempo no veo.
No me dijo nada.
No hizo falta.
Al despertar, sentí que mi alma aún camina por las orillas.
Orillas de islas, de años, de personas que una vez fueron refugio.
Y quizás los sueños vienen a recordarme
que sigo buscando un centro,
una verdad entre tantas vidas vividas.





Comentarios
Publicar un comentario