Capítulo V. El regreso y el refugio .






Después de tanto andar, de tanto cielo recorrido, de tanto mar abrazado, siempre llega el momento del regreso. Y para mi, ese regreso tiene nombre: Suecia. No como punto final, sino como raíz flotante, como una pausa profunda entre dos latidos del mundo.


Allí, en mi apartamento en el séptimo piso, con vista a un bosque protegido, el silencio no pesa: consuela. Desde la ventana, los amaneceres parecen pintar su propia sinfonía de luz. El bosque respira conmigo, y el sol, cuando se cuela entre los troncos, parece escribirle cartas cada mañana.


Después de Maldivas, después de Egipto, después de Italia o los Balcanes, el hogar no se siente pequeño. Se siente exacto. El lugar donde cada objeto tiene su historia, donde cada taza de café es un ritual, donde cada atardecer se convierte en una conversación con la vida.

Allí, entre libros, fotos y música,  ordeno mis memorias. Releo mis  propios textos, juego  con la inteligencia artificial para darles forma y rostro, y me descubro a mí mismo en cada relato. No hay prisa, no hay ruido. Solo la certeza de que todo lo vivido tiene sentido. Que cada país visitado, cada vuelo, cada inmersión, cada sonrisa compartida en otro idioma, me han llevado aquí: a este rincón de paz donde me permito descansar y crear.


El regreso no es el final del viaje. Es parte del viaje. Es el eco que queda. Es la tierra donde germina todo lo vivido.



Y así, entre las raíces nórdicas y el alma tropical, Sigo viajando incluso cuando me quedo quieto. Porque mi verdadera geografía está hecha de experiencias. Y mi hogar, aunque tenga paredes, no tiene fronteras.


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