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Mostrando entradas de enero, 2025

Segunda casa.

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  Calle Mallorquina, con nombre alemán, calle Goethe, número 22. Antes de entrar al apartamento, había una verja, con un pequeño portal, una cerámica en el piso, dos puertas, a la derecha. Pasillo estrecho, y se abría en una sala, donde había una vitrina, de color marrón, con adornos africanos, collares de cauris….. Frente a esta vitrina, aproximadamente a un metro, un sofá que cubría gran parte de la sala.  En la sala, frente a este sofá, un televisor.  A la derecha , un cuarto donde estaba una bicicleta, de montaña, y otro tipo de utensilios que se utilizan para los deportes de aventuras.  A la izquierda, una puerta, con persianas de estilo Mediterráneo que abría un pequeño patio, o un comedor con una mesa que se abría en otro patio, en el que una parte lo cubría una acera, una pequeña acera, en el centro césped, y encima las hojas de los árboles.  Desde ahí se divisaba la ventana que daba al cuarto, y desde ese mismo comedorcito, se accedía a la cocina. Salie...

Ser niño… siempre

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  Cuando veo a algunos adultos caminar con el ceño fruncido, la prisa pegada a los pies y una seriedad pétrea en el rostro, me pregunto en qué momento dejaron escapar al niño que alguna vez fueron. ¿Cuándo se olvidaron de correr sin rumbo, de reírse hasta que doliera el estómago, de inventar historias con cualquier objeto a mano? A veces, los observo interactuar con sus propios hijos y noto la distancia: no saben jugar, no recuerdan cómo era ser un niño. Les hablan con autoridad, con la mirada ocupada en el reloj o el teléfono, incapaces de entregarse al instante como lo harían si ese niño interior aún estuviera despierto. Yo me niego a ser así. El niño que fui, ese que corría descalzo por los pasillos de mi casa en La Víbora, que se inventaba cuentos con las sombras de la lámpara cuando se iba la luz, que se montaba en chivichanas hechas de patines viejos, sigue aquí. No lo dejo ir. A veces, cuando escucho llorar a un bebé, no oigo simplemente ruido, sino un lenguaje, un llama...

Bruma.

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  Estocolmo bajo la neblina Esta mañana, Estocolmo amaneció envuelto en un velo de neblina espesa y misteriosa, como si la ciudad estuviera atrapada en un sueño. Desde mi ventana en Fågelbyn, en Tumba, la bruma lo cubría todo, suavizando los contornos del paisaje y dando la impresión de que el mundo terminaba a unos metros de distancia. Al salir de casa, el aire tenía ese aroma fresco y húmedo que solo la neblina puede traer. Los árboles que bordean los caminos parecían figuras fantasmales, sus copas ocultas en la blancura difusa del cielo. Caminé hasta la estación, y el tren llegó deslizándose entre columnas de bruma, con sus luces delanteras iluminando el aire denso, como si fueran los ojos de un barco avanzando en alta mar. Durante el trayecto hacia Estocolmo, la neblina transformó el paisaje conocido en algo nuevo, casi irreal. Los edificios altos desaparecían a la mitad, como si estuvieran flotando en el aire.  Los bosques a ambos lados del camino se convertían en s...

Antes y ahora

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Contrastes de una vida en dos tiempos Algunas veces, cuando caliento mi almuerzo en el microondas del trabajo, el vapor que se eleva me trae recuerdos de otro tiempo, de otra vida. Es curioso cómo los olores tienen esa habilidad de arrastrarnos de golpe a momentos que creíamos lejanos. Hace más de treinta años, en Cuba, mi rutina era otra. A los 22 años, la vida tenía un ritmo distinto, más pausado en algunos aspectos, más impaciente en otros. Trabajaba y, al mediodía, volvía a casa para almorzar. O a veces terminaba mi jornada y el almuerzo me esperaba en la mesa. Comer en casa era una certeza, algo natural, sin mayores complicaciones. No había prisa, no había envases plásticos ni microondas que emitieran un pitido al final del ciclo. Había platos de loza, cubiertos sencillos y, a veces, una conversación pausada, acompañada por el rumor de la calle colándose por las ventanas. Ahora, en Estocolmo, mi rutina es completamente diferente. En las mañanas, antes de salir, preparo mi almuerzo...

Bailando en alta mar.

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  Baile en alta mar: una coreografía contra el oleaje Algunos tienen suerte y otros no. A veces, la vida parece una broma bien elaborada. Y esta historia es una prueba de ello. Resulta que estaba en un crucero, listo para una presentación de baile. Pero los antecedentes de esta aventura eran tan inusuales como la historia misma.  Mi pareja de baile vivía en Noruega ; yo en Suecia. En aquel entonces, ella residía en Oslo. Y como los ensayos a distancia aún no se han inventado (o al menos no para salsa), tuve que hacer algo que en retrospectiva parece un poco extremo: volar a Oslo solo para ensayar con ella. Sí, así de comprometidos estábamos con la coreografía. Después de varias idas y venidas, la rutina estaba lista, bastante bien pulida. El tema elegido era “Aguanile Boncó” de Irakere, un temazo con un ritmo endemoniadamente rápido. El vestuario estaba decidido, todo bajo control. Y lo mejor de todo: habíamos sido seleccionados para bailar en un crucero de salsa que sal...

¿Canoso yo ?

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 Desde hace más de dos décadas, llevo el orgullo de una cabeza rasurada, un estilo que adopté y que, con el tiempo, se ha convertido en mi marca personal. Y para ser sincero, después de tanto tiempo afeitándome, no tenía ni la más mínima idea de cómo luciría con cabello, mucho menos si me habían salido canas. Pero, como todo en la vida, hay momentos en los que la rutina se quiebra. Hubo una ocasión en la que, por pereza, descuido o simple flojera (ya ni recuerdo), dejé pasar más tiempo del habitual entre una afeitada y otra. Y ahí fue cuando llegó la sorpresa: ¡tenía pelos blancos en la cabeza! Sí, señores, me había estrenado como canoso sin darme cuenta. No recuerdo cuántos años tenía en aquel entonces, pero lo suficiente como para que las canas empezaran a reclamar su espacio. Digamos que fue un descubrimiento “iluminador”. Pero la historia no termina ahí, porque lo de la barba fue aún más interesante. Recordé mis tiempos universitarios, esos años en los que, de vez en cuando, me...

Carrera de relevos.

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  Juegos Caribe Estadio SEDER, Universidad de La Habana Atletismo, Relevo 4x100 Masculino El sol abrasaba el estadio universitario, pintando sombras nítidas sobre la pista de arcilla roja del SEDER. El ambiente era eléctrico, con el griterío de las gradas llenando el aire. Cada rincón del estadio estaba vivo: desde los estudiantes ondeando banderas de sus facultades hasta los tambores improvisados que marcaban un ritmo frenético. La tensión era palpable; se trataba del relevo 4x100, el evento que definía no solo velocidad, sino orgullo y rivalidad universitaria. Los corredores estaban ya en sus bloques de salida. Una ráfaga de murmullos recorrió las gradas cuando el juez levantó la pistola de arranque. En un instante, el disparo rasgó el aire, y los atletas salieron como proyectiles, dejando tras de sí una nube de polvo. El primer corredor de nuestra Facultad de Derecho arrancó como un bólido, moviendo sus piernas con una cadencia perfecta, casi mecánica. En la tribuna, nue...