Sin aire.

 Esa mañana en las aguas frías de Suecia comenzó como cualquier otra inmersión guiada. Estábamos trabajando con un grupo de estudiantes recién certificados en aguas abiertas. Mi responsabilidad, como divemaster, era mantenerme detrás del grupo, observando y cuidando en caso de cualquier incidente. Estábamos a unos 17 metros de profundidad, una profundidad cómoda para este tipo de inmersiones, cuando de repente noté algo inusual.



Una de las alumnas se giró hacia mí con los ojos muy abiertos, claramente alterada, y me hizo la señal universal de que se había quedado sin aire en su tanque. En ese momento, todo lo que había practicado en teoría y simulacros se convirtió en realidad. Su respiración era rápida y su cuerpo mostraba signos de pánico incipiente. Rápidamente me acerqué, tomé mi segundo regulador, el octopus, y se lo ofrecí para que comenzara a respirar. Le hice contacto visual constante, usando gestos calmados para tranquilizarla.




Una vez que empezó a respirar de manera más controlada, le señalé que íbamos a ascender lentamente. En situaciones como esta, es crucial no apresurarse para evitar problemas como el barotrauma o la enfermedad por descompresión. Con movimientos deliberados, comenzamos a subir juntos hacia la superficie. Yo controlaba su chaleco inflable y mantenía un ojo en su respiración para asegurarme de que no entrara nuevamente en pánico.



Cuando finalmente emergimos, me sentí aliviado al verla respirar con mayor tranquilidad, aunque claramente estaba agotada. Había inflado su chaleco para mantenerse a flote, pero el cinturón de plomos que llevaba, de unos 8 kilos, le complicaba la movilidad. Nuestro bote de goma estaba a unos 200 metros de distancia, así que hice la señal para que vinieran a buscarnos. Sin embargo, la persona en el bote, otra estudiante que estaba practicando como parte de su curso de divemaster, no me vio claramente.


Sin más opción, me preparé para remolcarla hasta el bote. Sujeté su chaleco inflable firmemente y empecé a nadar, impulsándome con fuerza a través del agua fría. Ella estaba agotada, pero yo la animaba con palabras cortas y gestos, asegurándome de que se sintiera segura. Fueron unos 150 o 200 metros que parecieron mucho más largos, pero finalmente llegamos al bote.


Una vez que estuvimos a bordo, ella estaba extenuada, pero agradecida. Todo el incidente había ocurrido de forma controlada, pero me dejó reflexionando sobre lo importante que es estar preparado para estas situaciones. Lo que normalmente se practica como un ejercicio teórico se había convertido en una experiencia real, y saber que mis acciones evitaron que la situación se complicara aún más me llenó de orgullo y gratitud por la formación que había recibido.


Esa inmersión fue un recordatorio de que, aunque el buceo es una actividad increíble, la preparación y la calma son esenciales para garantizar la seguridad de todos.

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