El alma de la fiesta.
No nos conocíamos personalmente hasta el día de su fiesta de cumpleaños. Era un hombre que celebraba sus 60 años en un lugar realmente majestuoso: Hässelby Slott, un castillo en Estocolmo. Le habían hablado de mí, de mi experiencia y de mi capacidad para animar fiestas con el espíritu de la música cubana. Por lo que me dijo, esa sola referencia fue suficiente para que confiara en mí. Después de algunos ajustes para definir lo que se esperaba de mi parte, me confirmó que sería el encargado de la parte danzaria de su celebración. La responsabilidad recaía en mí.
Era una gran responsabilidad, porque sabía que el éxito de una fiesta no descansa únicamente en la cena, en las luces o en el lugar, sino en las experiencias compartidas. Allí estarían amigos, familiares y conocidos que habían venido de diversas partes de Suecia y hasta de otros países de Europa. No solo se trataba de celebrar un cumpleaños, sino de ofrecerles algo que nunca habían experimentado antes. Mi tarea era enseñarles los pasos básicos del baile cubano conocido como Casino, lo que muchos llaman salsa, y asegurarme de que la pasaran bien. Había que lograr que se soltaran, que dejaran a un lado cualquier vergüenza y se dejaran llevar por la música.
Llegué temprano al castillo para prepararme. El ambiente ya era animado, pero podía notar que muchos invitados no sabían exactamente lo que estaba por venir. Algunos me miraban con curiosidad, probablemente preguntándose cómo haría para que un grupo tan diverso —y aparentemente reservado— se pusiera a bailar.
Cuando llegó el momento, pedí la atención de todos. Comencé con una breve introducción, explicando que el Casino no era solo un baile, sino una manera de conectar, de sentir la música y de disfrutar el momento sin preocuparse por los errores. Poco a poco, fui guiándolos a través de los pasos básicos: el “guapea,” el “dile que no,” y el “enchufla.” Me aseguré de que todos entendieran que no necesitaban ser perfectos, solo divertirse.
Al principio, algunos estaban tímidos, moviéndose apenas. Pero poco a poco, las risas comenzaron a llenar el salón. Las parejas se mezclaban, los pasos se volvían más fluidos, y el ritmo de la música cubana los envolvía. Para cuando nos dimos cuenta, el castillo entero estaba vibrando con energía. Personas que nunca antes habían bailado música cubana estaban disfrutando como si lo hubieran hecho toda su vida.
Fue un momento mágico. Ver a todos esos rostros sonrientes, las conexiones que se formaban en la pista de baile y sentir cómo la música había transformado la atmósfera me llenó de satisfacción. Sabía que mi trabajo no solo era enseñarles a bailar, sino también regalarles un recuerdo inolvidable.
Al final de la noche, muchos se acercaron a agradecerme, algunos todavía con una sonrisa amplia y gotas de sudor en la frente. El homenajeado también me buscó entre la multitud. Me estrechó la mano y, con un brillo en los ojos, me dijo: “Esto fue más de lo que imaginé. Gracias por hacer de mi cumpleaños algo único.”
Mientras me retiraba del castillo esa noche, me quedé pensando en lo especial que había sido todo. Me habían confiado una parte importante de la fiesta, y creo que logré cumplir con creces. Más que enseñarles pasos de baile, sentí que había llevado un pedazo de Cuba a Hässelby Slott. Y esa, sin duda, es una sensación que no olvidaré.





¡A bailar! 😄
ResponderEliminarSi, se bailó muchísimo.
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