Jameos de agua.



 Recuerdo perfectamente mi visita a los Jameos del Agua en noviembre de 2014. Había llegado a Lanzarote hacía un par de días, embriagado por el paisaje volcánico de la isla, tan distinto a cualquier otro lugar que hubiese visto antes. Era como estar en otro planeta, con sus rocas negras, sus colores ocres y el Atlántico azul en el horizonte. Pero los Jameos del Agua, eso ya era otra cosa, algo fuera de lo común.


Llegué temprano para evitar las aglomeraciones, y fue la mejor decisión que pude haber tomado. Al entrar, me recibió ese ambiente fresco, casi misterioso, como si estuviera entrando en el corazón mismo de la Tierra. 


Caminé por un túnel de roca volcánica y, de repente, ahí estaba: el lago interior. Era tan cristalino que parecía un espejo, reflejando las luces tenues y las sombras del techo del jameo. Y los jameítos, esos pequeños cangrejos albinos que parecen joyas vivientes, moviéndose con calma en el agua, me dejaron completamente fascinado. Nunca había visto algo así en mi vida.




Seguí explorando y llegué al auditorio. ¡Qué lugar más impresionante! Imagina un teatro natural dentro de una cueva volcánica, con una acústica que, según dicen, es perfecta.





 Aunque no había ningún concierto en ese momento, me quedé un rato sentado, simplemente disfrutando del silencio y la paz que emanaba de ese sitio. Era como si Lanzarote me estuviera contando uno de sus secretos mejor guardados.


Después salí al área de la piscina. Ahora, ¿cómo describir eso? Una piscina de agua turquesa, perfecta y tentadora, rodeada de palmeras y rocas volcánicas. Por supuesto, no estaba permitido bañarse, pero no pude evitar imaginarme lo increíble que sería darse un chapuzón ahí. Todo estaba diseñado con tanto detalle y buen gusto que sentí una enorme admiración por César Manrique, el genio detrás de este lugar. El hombre había logrado algo único: un diálogo perfecto entre la naturaleza y el arte.




Antes de irme, pasé por la Casa de los Volcanes, donde aprendí más sobre la actividad volcánica de la isla. Fue fascinante descubrir cómo Lanzarote nació del fuego y cómo, de ese paisaje aparentemente hostil, surgió tanta belleza.


Al salir, me quedé un rato sentado en una terraza, con un café en la mano, mirando el horizonte y dejando que todo lo que había visto se asentara en mi mente. Los Jameos del Agua no eran solo un lugar bonito; eran una experiencia, una conexión directa con la tierra, el arte y el ingenio humano.





Esa noche, mientras cenaba un plato de pescado fresco con mojo, no podía dejar de pensar en lo afortunado que me sentía por haber visitado un lugar así. Noviembre de 2014 quedó marcado para siempre como el mes en que conocí uno de los rincones más mágicos del mundo.


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