Yo. El único.
Llegamos a Budva en pleno agosto, el calor era tan intenso que podías freír un huevo en las piedras del muelle. Éramos un grupo de buceadores suecos, mayoritariamente del club de buceo de Gävle. Todos blancos, rubios, y luego estaba yo, el único de raza negra, como una isla tropical en un archipiélago nórdico. La ciudad, con sus más de 17,000 habitantes, nos recibió con un aire mediterráneo encantador: olía a mar, aceite de oliva y algo que podría ser rakija. Teníamos planeada una semana llena de inmersiones y aventuras subacuáticas. Lo que no sabíamos era que también sería una semana de situaciones absurdamente graciosas.
Desde el primer día, noté que todas las miradas se clavaban en mí. No era un tipo de mirada incómoda, ni mucho menos hostil; era pura curiosidad. Me sentí como un pez raro, pero esta vez fuera del agua. Y la cosa se ponía aún más graciosa cuando nos vestíamos para subirnos al bote de buceo. Imagíname: traje seco, máscara colgando del cuello, aletas en la mano… parecía un astronauta que había perdido el camino al espacio y había terminado en Montenegro. Creo que para los lugareños era algo así como ver a un delfín caminando por la playa.
Pasaron los días, y las miradas continuaron. Algunas tímidas, otras más descaradas, pero todas con ese asombro que no sabía si era por mi equipo de buceo o porque les recordaba a alguien famoso. Entonces, en el tercer día, las cosas tomaron un giro inesperado. Estábamos regresando del muelle cuando un niño, no mayor de diez años, se me acercó con una sonrisa gigante y un balón de fútbol bajo el brazo. Me señaló con el dedo, y luego, sin decir palabra, me entregó el balón como si esperara que hiciera un truco espectacular. Yo, confundido pero comprometido, le di unos toques improvisados. Eso fue suficiente para que el niño sacara su cámara y, emocionado, se tomara una foto conmigo. Pensé: “Bueno, tal vez creen que soy algún jugador de fútbol perdido”.
Esa noche, compartí la anécdota con el grupo sueco, quienes no paraban de reír. Uno de ellos, entre risas, sugirió que quizá los montenegrinos pensaban que era una estrella internacional encubierta, escapando de los paparazzi. No ayudó que mi forma de caminar con el equipo de buceo recordara vagamente a alguien trotando hacia un partido importante.
Los días siguientes, la cosa escaló. Una pareja joven me detuvo en el puerto y, en un inglés vacilante, me preguntaron si podían tomar una foto conmigo. “¿Yo?”, les pregunté señalándome el pecho, como si no estuviera claro. “Sí, sí, tú”, respondió el chico. “Mi esposa, gran fan”. Antes de que pudiera corregirlos o preguntar “¿fan de qué?”, ya estaban posando a mi lado, mientras el chico ajustaba la cámara. A este punto, empezaba a disfrutar el papel. ¿Por qué no?
Cuando finalmente nos despedimos de Budva, pensé en lo curioso que es ser observado desde la fascinación, no desde el prejuicio. Fue una experiencia tan única como surrealista, con momentos que aún me sacan una carcajada. Ahora, cada vez que escucho a alguien hablar de estrellas de fútbol, no puedo evitar pensar: “Oye, yo sé lo que se siente”.









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