Las rayas. El Delta. Mallorca.
La inmersión de las rayas en el Delta
Había algo mágico en el Parque Natural El Delta, en Mallorca, que siempre nos llamaba a regresar. Quizás era el susurro constante de las olas rompiendo en la orilla o el halo misterioso que parecía envolver las aguas cristalinas. Pero para mí y para Lucía, mi amiga mallorquina (aunque algunos decían que era madrileña y se había adaptado a la isla como un pez al agua), el verdadero imán de ese lugar eran las rayas.
Desde nuestra primera inmersión, lo llamamos “la inmersión de las rayas”. Y no era una exageración. Cada vez que descendíamos bajo la superficie, esas elegantes criaturas marinas aparecían, como si fueran anfitrionas dándonos la bienvenida a su hogar.
Lucía y yo teníamos un ritual. Llegábamos temprano al hotel El Delta, que servía como nuestra base de operaciones. Tomábamos un café en la terraza con vistas al parque natural y nos preparábamos para el día. Ella siempre revisaba su equipo de buceo con una precisión casi militar, mientras yo bromeaba diciendo que las rayas nos esperaban con impaciencia.
—¿Crees que hoy serán siete o más? —me preguntó un día, ajustándose la máscara.
—Ojalá. Pero yo apuesto por diez. Esto es Mallorca, ¿no? Aquí todo es abundancia —respondí con una sonrisa.
Al entrar al agua, la calma del Delta nos envolvía. El silencio solo era interrumpido por nuestras respiraciones acompasadas a través del regulador. Y entonces, como por arte de magia, aparecían. Las rayas deslizándose por el fondo arenoso, como bailarinas en un escenario acuático.
La primera vez que vimos una fue inolvidable. Era enorme, de un gris oscuro que se camuflaba perfectamente con el fondo. Se quedó inmóvil unos segundos, como si nos estuviera evaluando. Luego, con un movimiento suave y majestuoso, comenzó a nadar, y antes de darnos cuenta, otras dos más aparecieron, formando un trío que nos dejó boquiabiertos.
—¡Esto es surrealista! —me dijo Lucía más tarde, mientras todavía procesábamos lo que habíamos visto.
Con el tiempo, las rayas parecieron acostumbrarse a nosotros. En una inmersión particularmente especial, contamos nueve. Estaban por todas partes: unas descansaban en la arena, otras se deslizaban entre los corales y algunas nadaban justo a nuestro lado, tan cerca que podíamos ver los pequeños detalles de su piel y sus ojos curiosos.
Un día, mientras seguíamos a una particularmente grande, nos encontramos rodeados por un grupo de siete. Era como si hubieran organizado un desfile solo para nosotros. Lucía me miró, sus ojos brillaban detrás de su máscara. No hacía falta hablar; ambos sabíamos que era uno de esos momentos que guardaríamos para siempre.
Después de cada inmersión, regresábamos al hotel emocionados, repasando los detalles como si fueran escenas de una película que no queríamos olvidar. Lucía tenía una teoría:
—Las rayas nos reconocen. Saben que somos los locos que siempre vuelven. Y les gusta presumir.
—O tal vez somos nosotros los que les caemos bien. Nos están adoptando —le respondía, entre risas.
En nuestras últimas inmersiones, empezamos a sentirnos parte del ecosistema del Delta. Las rayas no eran solo un espectáculo; eran compañeras de buceo, seres que parecían entender nuestra fascinación por su mundo.
La última vez que estuvimos allí, mientras salíamos del agua, Lucía se detuvo un momento a contemplar el horizonte.
—¿Crees que las rayas nos echarán de menos cuando no volvamos? —preguntó, casi en un susurro.
—No lo sé, pero sé que yo sí las voy a extrañar a ellas —respondí.
El Delta y sus rayas se habían convertido en un lugar especial para ambos, un rincón de Mallorca donde el tiempo parecía detenerse y donde la naturaleza nos regalaba un espectáculo único cada vez que nos sumergíamos. La inmersión de las rayas era más que un simple pasatiempo; era una conexión profunda con el mar, la vida marina y, sobre todo, una amistad que se fortalecía con cada burbuja que dejábamos en el agua.







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