Moto acuática.




 Un día en Mero Beach: arenas negras y sueños pendientes


Era el año 2008 cuando llegué a Mero Beach, esa joya de Dominica con sus arenas negras volcánicas que parecían absorber el calor del sol y devolverlo como un suave abrazo a mis pies. Todo en esa playa tenía un aire diferente: el contraste de las arenas oscuras con el azul del mar, los sonidos de las olas mezclándose con la risa de los locales, y el aroma de pescado fresco que se cocinaba en los pequeños restaurantes al borde de la playa.


Me encontraba en buena compañía, un grupo de chicos dominicanos y suecos  que sabían cómo disfrutar la vida. Estábamos tumbados bajo una sombrilla improvisada, dejando que el ritmo caribeño nos envolviera. Pero lo que realmente me llamaba la atención ese día no era el sol ni el mar en sí, sino algo que estaba justo ahí, a pocos metros de nosotros: una moto de agua.





Nunca había montado en una, pero siempre había sentido ese impulso, ese deseo de velocidad sobre el agua, de sentir cómo el viento te golpea la cara mientras saltas sobre las olas. Vi a otros disfrutando de la moto acuática, gritando de emoción, y supe que ese era mi momento. Les comenté a los chicos con los que estaba mi intención de probarla. Ellos rieron, como si fuera un comentario pasajero, y luego siguieron con su conversación sobre quién sabe qué. Insistí, pero de algún modo, el tema se desvió, se olvidó, o tal vez simplemente no les interesaba ayudarme a concretar mi plan.


Acepté la situación con una sonrisa. Después de todo, estaba en Mero Beach, en un paraíso, y no quería arruinar el día por algo que, en ese momento, parecía menor. Me dije a mí mismo: “Habrá otra oportunidad”. Y mientras los veía correr al agua para continuar su diversión, me quedé en la orilla, dejando que las olas me acariciaran los pies y pensando en cómo sería sentir esa libertad sobre el agua.


Los años pasaron, y el sueño se quedó ahí, latente, esperando el momento adecuado. Ese momento llegó años después, en un lugar completamente distinto: Budva, Montenegro. Fue en una playa del Adriático, rodeado de acantilados y edificios históricos, cuando finalmente subí a una moto de agua. Recordé con una sonrisa aquel día en Dominica, en Mero Beach, y cómo esa pequeña espina había quedado en mi mente. Pero también entendí que a veces las cosas no suceden cuando uno quiere, sino cuando deben suceder.






Aquel día en Mero Beach, con su arena negra y el calor del Caribe, fue el inicio de un pequeño sueño que se cumpliría mucho después, en otro continente, bajo otro sol. Y aunque no monté en la moto de agua en Dominica, ese lugar siempre tendrá un rincón especial en mi memoria. Porque los sueños, incluso los pequeños, tienen su tiempo, y ese tiempo siempre vale la pena esperar.

Comentarios

Entradas populares