17 cervezas



 Matías y las 17 cervezas: una historia entre el agua y la frustración


El día había sido espectacular. Habíamos hecho varias inmersiones, explorado arrecifes vibrantes y disfrutado de encuentros con vida marina que quedarán grabados en la memoria. Pero como en toda aventura, siempre hay un giro inesperado, y este llegó justo cuando estábamos terminando la última inmersión del día.


Matías, uno de esos bebedores que bucean (o buceadores que beben, dependiendo de cómo lo mires), estaba especialmente entusiasmado durante el día. Con su cámara GoPro en mano, había capturado todo: desde los bancos de peces hasta las anémonas más coloridas. Pero justo cuando estábamos saliendo del agua y subiendo al barco, ocurrió el desastre. 


La cámara, su preciada GoPro, resbaló de su mano y desapareció en el azul profundo, cayendo hasta el fondo del mar, a unos 30 metros de profundidad.





El pánico y la frustración fueron instantáneos. Matías revisó su tanque de aire: 30 bares. Todos sabemos lo que eso significa en términos de buceo: prácticamente nada. No era suficiente para hacer una inmersión segura, mucho menos para bajar, buscar la cámara y regresar a la superficie con vida. Los guías de buceo fueron tajantes: “No puedes bajar. Es demasiado peligroso”. Pero eso no aliviaba la rabia ni la impotencia que sentía. La cámara no solo tenía un valor económico; también contenía recuerdos de todo el viaje, imágenes que no podría reemplazar.





Y entonces, Matías decidió lidiar con la situación de la única manera que parecía lógica para él en ese momento: bebiendo. Empezó con una cerveza. Luego otra. Y otra. El bote avanzaba hacia el puerto, pero Matías se quedaba quieto en su rincón, acumulando latas vacías a su alrededor. Algunos intentamos hablar con él, pero su respuesta siempre era la misma: “¡Mi cámara, hermano! ¡Mi maldita cámara!” Mientras tanto, el número de cervezas seguía subiendo.


Cuando llegamos al puerto, el conteo final fue impresionante: 17 cervezas en lata. Matías estaba completamente embriagado, y aunque ya no hablaba de la cámara, su disgusto seguía evidente. Los guías lo ayudaron a desembarcar, tambaleándose y murmurando algo ininteligible sobre comprar otra cámara.


La escena se convirtió en uno de los momentos más recordados del viaje. No por la pérdida de la cámara (aunque Matías nunca dejó de hablar de ella), sino por el “ritual” de las 17 cervezas que marcaron el camino de regreso. A veces, las aventuras de buceo no son solo sobre lo que sucede bajo el agua, sino también sobre cómo lidiamos con lo que perdemos, incluso si eso significa un récord personal de cervezas en alta mar.



Ese día, aprendimos algo importante: no importa cuán frustrante sea una pérdida, siempre hay formas más seguras (y menos embriagantes) de enfrentarlas. Pero para Matías, ese no parecía ser el caso.



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