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Mostrando entradas de noviembre, 2025

¿ Ya tomaste café?

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Café amargo? No, qué va. ¿Con azúcar? Tampoco. ¿Al estilo cubano? No, chico, yo no soy de esos cubanos que pueden cantar aquello de “Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café”. A mí el café no me gusta. ¿Razones? Quizás el sabor, sencillamente. Prefiero mil veces la variante irlandesa: Irish Coffee. Y ya, así de sencillo. La gente se me queda mirando asombrada: —¿No tomas café? —Casi todos los cubanos toman café. Bueno, pues yo estoy fuera del “todos”, pertenezco a la parte del “casi”, a ese porciento pequeñito de cubanos que no toman café. Aquí en Suecia me pasa igual: —¿No tomas café? —Pero si casi todo el mundo lo toma… Quizás por costumbre, quizás por presión social, quizás porque todo el mundo lo hace. Yo no. Yo no soy de los que se dejan arrastrar por la corriente. ¿Que si disfruto el mundo sin café? Perfectamente. ¿Que si lo necesito para animarme? Para nada. ¿La cafeína? No me hace falta así. A veces, eso sí, en una mañana bien fría de e...

Error de cálculo.

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A veces me acuerdo de Nelson, N.L.C… sí, Nelson el gordo, como le decíamos sin un ápice de piedad juvenil. En Cuba el bullying era igual que en todos lados, pero nosotros lo resolvíamos “a la antigua”: un par de piñazos, un afaje, y ya después había respeto… o más relajito, según el día. Siempre me rio cuando pienso en él. Un día me dio por ponerme gracioso y subirme arriba de Nelson a caballito —error de cálculo monumental—. El tipo perdió el equilibrio y toda su masa infantil de categoría premium cayó de golpe sobre mi mano. Aquello se me infló como si hubiera metido la mano en una colmena. Doloroso, sí; dramático, quizás; pero ahora lo recuerdo y me da una risa tremenda. Quién sabe dónde andará N.L.C hoy… pero bueno, si me reventó la mano fue por querer ponerme simpático y treparme encima del gordo. ¡Me lo gané yo solito!

Sushi

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                                                   Sushi Había escuchado hablar de aquel plato asiático en mi ciudad natal, la Habana de mi infancia, de mi juventud y de buena parte de mi adultez. Como tantas otras cosas, el sushi era una de esas presencias fantasmales: sabíamos que existía, pero permanecía fuera del alcance de la mayoría de los cubanos, casi como un mito culinario. Algo que uno veía en una revista extranjera, o que un vecino contaba haber probado “afuera”, con la misma incredulidad con que se habla de un invento mágico. Un día me invitaron a la Marina Hemingway, ese sitio exclusivo para turistas —y donde ser cubano y turista al mismo tiempo es una mezcla rara: burla, ofensa, chiste de mal gusto, ironía, utopía… y otras sensaciones que no caben en una sola oración—. Allí, en aquel restaurante cubano pensado para no cubanos, lo vi por primer...

La T.

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Cuando LJ me soltó la idea, fue como si me empujara un viento suave por la espalda: “Vamos a caminar de Suecia a Noruega.” Y yo, que siempre ando buscando algo sin saber qué, dije que sí sin pensarlo mucho. A veces uno comienza un viaje porque cree que sabe para dónde va… pero en verdad lo que hace es seguir un pulso interno, una búsqueda que no avisa. La guía turística hablaba de 11 kilómetros, como si aquello fuera un paseíto cualquiera. Grövelsjön  a Svukuriset, punto A hasta punto B. Recto, fácil, lindo. Pero los caminos que prometen simplicidad siempre esconden otra cosa. Y por dentro yo sentía esa vibración que me avisa: “Prepárate, que el camino viene con carácter.” Apenas comenzamos, la montaña me dio la primera lección: el aire era más fino, más frío, más alto. Entre 900 y 1500 metros, uno respira distinto… y piensa distinto también. Cada piedra obligaba a mirar pa’ abajo. Cada paso pedía respeto. Había que caminar con una concentración que parecía cas...