La T.




Cuando LJ me soltó la idea, fue como si me empujara un viento suave por la espalda:

“Vamos a caminar de Suecia a Noruega.”

Y yo, que siempre ando buscando algo sin saber qué, dije que sí sin pensarlo mucho.

A veces uno comienza un viaje porque cree que sabe para dónde va…

pero en verdad lo que hace es seguir un pulso interno, una búsqueda que no avisa.


La guía turística hablaba de 11 kilómetros, como si aquello fuera un paseíto cualquiera.

Grövelsjön  a Svukuriset, punto A hasta punto B.

Recto, fácil, lindo.

Pero los caminos que prometen simplicidad siempre esconden otra cosa.

Y por dentro yo sentía esa vibración que me avisa:

“Prepárate, que el camino viene con carácter.”


Apenas comenzamos, la montaña me dio la primera lección:

el aire era más fino, más frío, más alto.

Entre 900 y 1500 metros, uno respira distinto…

y piensa distinto también.

Cada piedra obligaba a mirar pa’ abajo.

Cada paso pedía respeto.

Había que caminar con una concentración que parecía casi meditación forzada.


Pasamos la frontera como quien cruza un pensamiento.

Ni cartel grande, ni ceremonia:

solo un cambio en el silencio.

Del lado noruego el viento tenía otro sonido,

como si fuera un consejero viejo diciendo:

“Sigue, pero escucha.”


Y seguimos.


Las señales se transformaron en montoncitos de piedra

con una T roja pintada encima.

Una guía mínima, callada.

Una letra que parecía flotar, a veces medio borrada,

pero siempre apareciendo justo a tiempo.

El camino era hermoso y duro,

un paisaje que te abraza y te reta al mismo tiempo.

Caminábamos horas y horas…

y el horizonte no se acercaba.


Cuando se hizo de noche, no tuvimos más remedio que aceptar lo que la montaña dictaba.

Montamos la tienda donde pudimos.

Calentamos algo de comida improvisada.

Yo, envuelto en el saco de dormir,

sentí esa mezcla rara de cansancio y felicidad

que solo aparece cuando uno va dejando parte de sí en el camino.


Al día siguiente, el café caliente me devolvió la vida.

Seguimos, despacio,

porque el cuerpo ya no era el mismo después de tanta subida.

Y cuando por fin llegamos a la cabaña turística,

no celebré.

Solo respiré.

Era como si el viaje, más que completarse,

se asentara dentro de mí.


El regreso fue un examen final.

A 1500 metros, caminar diez pasos era suficiente para obligarnos a parar,

respirar profundo, meter un pedacito de chocolate bajo la lengua

y volver a insistir.

Las T rojas aparecían a lo lejos

como si estuvieran guiando no solo el camino,

sino la paciencia.


Al terminar todo, hice cuentas:

26 kilómetros pa’ allá, 27 pa’ acá.

Los 11 kilómetros de la guía eran un chiste.

Pero a veces es mejor así:

lo que uno no espera es lo que termina moldeándolo.


Y yo, que salí buscando una caminata sencilla,

me encontré con algo más grande:

un viaje que me exprimió el cansancio,

me enseñó el ritmo secreto de la altura

y me dejó una certeza tranquila:

que algunos caminos se caminan para llegar…

y otros, para encontrarse.





Comentarios

Entradas populares