Manjares caseros .
Sabores de mi infancia habanera
Cuando pienso en mi infancia, no me llega primero una imagen:
me llega un olor.
El dulzón del boniato hervido, aplastado con un tenedor en un plato de loza blanca, mientras el vapor empañaba los cristales del comedor. Mi madre decía que el boniato había que comerlo calentico, porque frío perdía la gracia. Le echaba un hilo de miel o un poco de azúcar prieta, y aquel plato sencillo se volvía banquete de domingo.
El fufú de plátano tenía su propio ritmo.
El sonido del majador de madera contra la cazuela, el ajo chispeando en el sartén, y el olor del chicharrón cayendo sobre el puré caliente. Era su música, su manera de decirnos que el almuerzo estaba casi listo. En esa mezcla de aromas y risas, la casa entera parecía tener alma.
Las torrijas llegaban en Semana Santa, doradas en el aceite, bañadas con miel y canela. Mi madre las preparaba con pan del día anterior, “porque el pan duro agarra mejor el almíbar”, decía. Yo esperaba que enfriaran para chupar los bordes caramelizados, mientras el olor a azúcar quemada llenaba el aire como un perfume de infancia.
La harina en dulce era la merienda de las tardes de lluvia.
Yo me sentaba en el portal, mirando cómo el agua corría por la calle, y ella me traía el cuenco humeante, espeso, con vainilla y un punto de sal. Aquella harina sabía a consuelo, a abrigo, a la calma de saber que mamá estaba cerca.
El arroz con leche cocinaba despacio, con cáscara de limón y ramita de canela, mientras afuera se oía el pregón del manisero. Todos queríamos raspar el fondo del caldero, donde el azúcar se había dorado y el arroz quedaba pegadito. Era un dulce de pobres, decían, pero en casa tenía sabor a celebración.
El majarete, con su perfume de maíz tierno, era un trabajo de amor.
Mi madre colaba el maíz a mano, con paciencia, y revolvía la mezcla hasta que espesaba. Servía las porciones en platillos pequeños, espolvoreadas con canela, y me decía: “Ten cuidado, que quema”. A veces no podía esperar, y me quemaba igual. Pero era un fuego dulce, de esos que no duelen.
Los platanitos maduros fritos eran el anuncio del almuerzo.
El aceite chispeando, el olor dulce del plátano dorado, el arroz blanco esperando al lado. No había fiesta sin ellos.
Las mariquitas y las papitas fritas eran cosa de sábado.
Las hacía finitas, crujientes, y las servía en un cucurucho de papel. Yo salía al portal con ellas todavía calientes, y el mundo parecía sencillo y suficiente.
Y las frituras de yuca… esas eran su orgullo.
Crocantes por fuera, suaves por dentro. Las hacía en ocasiones especiales, cuando quería que el día terminara con alegría. El olor llenaba toda la casa, quedaba pegado a la ropa, a las cortinas, a los recuerdos.
Cada plato tenía su historia, su momento, su ternura.
Mi madre no cocinaba solo comida: cocinaba cariño, paciencia y hogar.
En aquella Habana de los años setenta y ochenta, no teníamos mucho,
pero teníamos eso:
una cocina viva, un corazón encendido,
y el sabor eterno de la infancia latiendo entre los olores del fogón.




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