Sushi
Sushi
Había escuchado hablar de aquel plato asiático en mi ciudad natal, la Habana de mi infancia, de mi juventud y de buena parte de mi adultez. Como tantas otras cosas, el sushi era una de esas presencias fantasmales: sabíamos que existía, pero permanecía fuera del alcance de la mayoría de los cubanos, casi como un mito culinario. Algo que uno veía en una revista extranjera, o que un vecino contaba haber probado “afuera”, con la misma incredulidad con que se habla de un invento mágico.
Un día me invitaron a la Marina Hemingway, ese sitio exclusivo para turistas —y donde ser cubano y turista al mismo tiempo es una mezcla rara: burla, ofensa, chiste de mal gusto, ironía, utopía… y otras sensaciones que no caben en una sola oración—. Allí, en aquel restaurante cubano pensado para no cubanos, lo vi por primera vez.
El sushi.
Pequeños bocados perfectos, una combinación imposible para quien venía del arroz congrí, el aguacate panudo y el pan con timba. Recuerdo que los camareros trajeron los utensilios “tradicionales”: los famosos palitos. En Cuba les decíamos “los palitos chinos”, como si toda la parte oriental del planeta se resumiera en una sola etiqueta. Y yo, mirando aquello, me preguntaba en silencio:
—¿Serán chinos? ¿Serán japoneses? ¿Y qué diferencia podía hacer, si yo nunca había visto unos de verdad?
Luego supe que los palillos nacieron en China hace miles de años, pero que al hablar de sushi la costumbre es japonesa. A mí, en aquel momento, solo me importaba no hacer el papelazo de dejar caer el pedazo de pescado crudo delante de todos. Era mi primer encuentro con un mundo que no entendía, pero que me estaba llamando.
Y allí, sentado frente a aquel plato improbable para un habanero común, entendí que el paladar también puede viajar aunque el cuerpo se quede en la isla.




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