Siempre iba en desventaja. Lo sabía desde que entraba a la casa de los vecinos. Pero no me importaba. Asumía el riesgo y, más aún, disfrutaba todo el proceso. Mis vecinos eran orientales, guantanameros de pura cepa, aunque —cosa curiosa— le iban con alma y vida al equipo de Santiago de Cuba. Y yo no. Yo era de Industriales, azul hasta la médula, La Habana completa en el pecho. Así que, cada vez que había juego entre Industriales y Santiago, aquello se convertía en una cita obligada… y peligrosa. En esos tiempos, Santiago no era cualquier cosa. Era La Aplanadora. Un equipo duro, lleno de peloteros que imponían respeto. Y estamos hablando de béisbol, del deporte nacional, de la pelota que se juega y se sufre en Cuba. Así que imagínate el panorama. Yo me sentaba allí, en la sala de mis vecinos, frente al televisor —a veces en blanco y negro, a veces con más interferencias que imagen— rodeado de guantanameros y santiagueros gritones, confiados, sabrosos. Y empezaba el juego. Nueve ...