Mi entierro….



ya lo tengo pago»


Varias veces escuché a mi padre decir, con desenfado, aquella frase cargada de un sarcasmo seco, casi burlón.

Se refería a los gastos funerarios, que en aquella época —y en Cuba— no resultaban exorbitantes.


Por entonces gozaba de buena salud y no tenía una edad avanzada.

Hasta que llegó su año setenta y siete de existencia

y la parca lo llamó a su seno.


¿Los detalles?

Enfermó. Fue hospitalizado.


Una madrugada, en la casa marcada con el número 270 de la calle Dolores, en la barriada de Lawton, tocaron a la puerta.


Era Dago, amigo de bares y botellas.


No hizo falta que dijera nada.

Yo ya lo sabía.


Mi padre

ya tenía pagado

su entierro.

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