Cobarde.
Dormía placenteramente en la litera de abajo, una estructura de metal con un pedazo de cartón de bagazo como base para la colchoneta. Corría más o menos el año 1980; yo tenía once años y estábamos en la Escuela al Campo de la Secundaria Básica Enrique José Barona. Aquella noche, mientras la oscuridad envolvía el dormitorio, algo me arrancó de golpe del sueño: un dolor ardiente en la cara, un escozor que me quemaba como si fuera fuego vivo.
Lo único que pude decir, aturdido y sin entender nada, fue:
“¡Mami, mami, mami… hay una cosa que me quema!”
Al instante escuché risas. Muchas. Risas de esas que no buscan alegrar, sino humillar. Estaba mareado, medio perdido entre el sueño y la conmoción, pero sí tenía clara una verdad: se estaban burlando de mí.
Con el paso de los minutos —y de la rabia— supe que no había sido ningún insecto, ninguna broma inocente, ni ningún accidente: uno de mis propios compañeros, aprovechando la noche y la confianza de ver a otro niño dormido, me había dado una bofetada. Una de verdad. A mano limpia. Esa fue la chispa que provocó mi grito.
En aquel momento no me tomó tiempo descubrir quién había sido; quizás por el bullicio, por los chistes malos, o porque la cobardía siempre huele. Pero lo confirmé semanas después, ya de regreso en La Habana, cuando acabaron los cuarenta y cinco días reglamentarios de la escuela al campo. Ahí me contaron directamente quién había sido.
Lo llamé.
Nos paramos frente a frente.
Sin maestros, sin público y sin oscuridad para esconderse.
Y ahí resolvimos el asunto de otra manera.
Esa vez también él pudo probar la potencia de mi mano. O como decimos allá: no se estrella con la azúcar. Lo cierto es que más nunca se metió conmigo.
El mundo está lleno de gente así: guapos solo cuando el otro está dormido. En una palabra: cobardes.




Comentarios
Publicar un comentario