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Mostrando entradas de mayo, 2026

El pasa pena

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En mis tiempos de Barcelona, las conversaciones con amigos —también emigrados, también cubanos— siempre terminaban en lo mismo: papeles, permisos… y pasaportes. Había risas, exageraciones, historias repetidas mil veces. Y en medio de todo eso, alguien soltaba la frase: —Asere, el pasaporte cubano no es un pasaporte… es un «pasa pena». Y claro, uno se reía.   Porque reírse era más fácil que ponerse a explicar. Yo asentía, convencido de entender perfectamente a qué se referían: las colas eternas en inmigración, la fila especial —esa donde uno se encuentra con “los suyos”—, las miradas rápidas de los funcionarios, como quien revisa algo que requiere un poquito más de atención que el resto. Sí, sí… el «pasa pena».   Todo claro. O eso pensaba. Hasta que un día, en la puerta de embarque de un aeropuerto en Italia… Estaba listo para abordar. Como a todos, me pidieron la tarjeta de embarque y el pasaporte. El documento cubano tenía una banda de lectura para verificar su autenticidad. ...

¿Bailar el trompo?

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 El trompo, bailar el trompo… Más allá de su milenario origen, hoy quiero detenerme en algo distinto, aunque emparentado en esencia con el resultado final de ese juego infantil: girar, moverse, dejarse llevar. La línea narrativa comienza en el verbo bailar. En mi familia, la veta bailadora venía por mi madre. Le encantaban la música y el baile; los danzones y los sones eran sus géneros predilectos. Crecí viéndola girar —ligera, segura— en los brazos de mi padrino, o en reuniones donde la música parecía existir solo para ella. Con ella compartí mi primer baile. Y también el último. Ese que fue despedida. En casa, la música era protagonista. Pero el baile —eso de girar como un trompo al compás— era territorio suyo, un don que descendía de ella hacia nosotros, sus hijos. Mi padre, en cambio, intentaba marcar los pasos y quedaba, inevitablemente, descalificado. Había en su empeño algo entrañable y cómico. Mi madre se burlaba con cariño:   «Este es gallego»   o   «No le e...

Presentación social

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  Ayer amaneció con un sol que parecía de otro país. Aquí en Suecia no siempre regalan días así: cielo completamente azul, sin una nube, y un calor que se quedaba en la piel como si fuera julio en el Caribe. Salí de casa con esa sensación rara de estar en el lugar equivocado y, al mismo tiempo, en el momento perfecto. Cuando llegué, ya se escuchaban voces desde afuera. La puerta estaba entreabierta, como invitando sin formalidades, y apenas crucé el umbral me envolvió una mezcla de aromas que no dejaba lugar a dudas: aquello no era una reunión cualquiera. Era otra cosa. Era casa, aunque no fuera la mía. En la mesa, los platos hablaban por sí solos. Allí estaba la ropa vieja, deshilachada y fragante; la yuca con mojo con ese brillo de ajo y aceite que promete; el arroz blanco, humilde y necesario; y más allá, como esperando su momento, el flan y la panetela. Pero también había garbanzos con chorizo, cava enfriándose, vino… una mezcla que no desentonaba, sino que contaba una hist...