¿Bailar el trompo?
El trompo, bailar el trompo…
Más allá de su milenario origen, hoy quiero detenerme en algo distinto, aunque emparentado en esencia con el resultado final de ese juego infantil: girar, moverse, dejarse llevar.
La línea narrativa comienza en el verbo bailar. En mi familia, la veta bailadora venía por mi madre. Le encantaban la música y el baile; los danzones y los sones eran sus géneros predilectos. Crecí viéndola girar —ligera, segura— en los brazos de mi padrino, o en reuniones donde la música parecía existir solo para ella.
Con ella compartí mi primer baile. Y también el último. Ese que fue despedida.
En casa, la música era protagonista. Pero el baile —eso de girar como un trompo al compás— era territorio suyo, un don que descendía de ella hacia nosotros, sus hijos.
Mi padre, en cambio, intentaba marcar los pasos y quedaba, inevitablemente, descalificado. Había en su empeño algo entrañable y cómico. Mi madre se burlaba con cariño:
«Este es gallego»
o
«No le entra la música».
Él no se amilanaba. Seguía moviéndose, fiel a su propia torpeza, y se defendía con una frase que aún resuena:
«Yo no soy trompo para bailar».
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