El pasa pena
En mis tiempos de Barcelona, las conversaciones con amigos —también emigrados, también cubanos— siempre terminaban en lo mismo: papeles, permisos… y pasaportes. Había risas, exageraciones, historias repetidas mil veces. Y en medio de todo eso, alguien soltaba la frase: —Asere, el pasaporte cubano no es un pasaporte… es un «pasa pena». Y claro, uno se reía. Porque reírse era más fácil que ponerse a explicar. Yo asentía, convencido de entender perfectamente a qué se referían: las colas eternas en inmigración, la fila especial —esa donde uno se encuentra con “los suyos”—, las miradas rápidas de los funcionarios, como quien revisa algo que requiere un poquito más de atención que el resto. Sí, sí… el «pasa pena». Todo claro. O eso pensaba. Hasta que un día, en la puerta de embarque de un aeropuerto en Italia… Estaba listo para abordar. Como a todos, me pidieron la tarjeta de embarque y el pasaporte. El documento cubano tenía una banda de lectura para verificar su autenticidad. ...