La receta
Tendríamos visita.
Españoles. Amigos de la familia.
Y como pasa siempre en esos casos… uno quiere estar a la altura.
Pensé en algo especial. Algo que no fuera improvisado, algo que hablara bien de nosotros sin necesidad de explicaciones. Y entonces apareció la idea, casi sola:
La paella valenciana.
No era cualquier plato. Era casi una declaración.
Y yo tenía el libro.
Ese libro que me traje desde Cuba. Edición de 1937. Intacto por dentro, sabio sin alardes. Lo abrí con una mezcla de respeto y confianza, como quien consulta a alguien mayor. Y ahí estaba: la receta.
Sin adornos. Sin reinterpretaciones modernas.
Directa.
Auténtica… o al menos eso quise creer.
Y cometí el primer acto de valentía —o de inconsciencia—: dije en voz alta que la haría.
A partir de ese momento ya no había marcha atrás.
Días antes de la cena empezó la verdadera historia.
El arroz… no cualquier arroz.
El azafrán… que no siempre aparece cuando uno lo necesita.
Las carnes… los mariscos… los equivalentes posibles cuando no encuentras exactamente lo que buscas.
Ahí entendí algo:
cocinar fuera de tu tierra es también traducir.
Adaptar sin traicionar.
Recorrí tiendas, comparé, dudé. En cada decisión sentía el peso del libro, como si desde 1937 alguien observara mis elecciones. “Esto sí… esto no… esto puede funcionar…”
Y poco a poco fui armando el rompecabezas.
El día de la cena.
La cocina se convirtió en escenario.
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