Cenotes
Cada vez que veía imágenes de otros en ese entorno, mi corazón reaccionaba sin pedir permiso: a veces se aceleraba con una emoción casi infantil, otras se aquietaba como si ya conociera ese lugar desde siempre. Había algo en esas aguas claras, en esa luz filtrada entre raíces y piedra, que me llamaba desde lejos… como un recuerdo que aún no había vivido.
Pasé del asombro al deseo casi sin darme cuenta. De mirar, a imaginar. De imaginar, a necesitar hacerlo.
Y hoy, 31 de marzo, finalmente soy yo quien está ahí.
Desciendo.
El agua del cenote me envuelve con una calma distinta, más densa, más antigua. No es solo nadar, es entrar en otro mundo. Cada movimiento es más lento, más consciente. La luz se cuela desde arriba en haces suaves que dibujan columnas invisibles, como si el tiempo también se hubiera detenido para observar.
En Jardín del Edén, todo es apertura y claridad. La vegetación alrededor, el agua transparente, la sensación de flotar en un espacio que parece no tener límites. Respiro hondo antes de sumergirme, y al hacerlo, el ruido desaparece. Solo quedo yo, mi cuerpo, y ese silencio lleno de vida.
Luego Chikin Ha… más íntimo, más profundo en sensaciones. Aquí la cueva se insinúa, la oscuridad no asusta, invita. La roca, el agua, la temperatura que cambia sutilmente… todo te obliga a estar presente. No hay espacio para distracciones, solo para sentir.
Y mientras me muevo entre esos espacios, entiendo algo.
No era solo curiosidad lo que sentía cuando veía esas imágenes.
Era una llamada.
Y hoy, por fin, la he respondido.
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