¿Rico Mc Pato yo ?
En ocasiones, mi madre me increpaba con una frase que entonces me parecía uno más de sus juegos de palabras:
—¿Tú te crees que tú eres Rico McPato?
Yo la escuchaba sin detenerme demasiado. En su manera de hablar abundaban los giros, los dichos, las ironías. Aquello, pensé durante años, no era más que otra de sus ocurrencias.
Estaba equivocado.
Ayer, a mis 57 años, lo entendí.
De niño no pregunté.
De adulto, en cambio, me ganó la curiosidad.
Descubrí que Rico McPato no era solo un nombre lanzado al aire, sino una referencia precisa, cargada de intención. No se trataba únicamente de un personaje rico, sino de todo lo que encarnaba: la obsesión por el dinero, el control, la acumulación, una forma muy concreta de estar en el mundo.
Entonces comprendí que aquella pregunta de mi madre no era casual. Era una advertencia, quizá también una intuición. Algo en mí —ciertos hábitos, tal vez una manera de relacionarme con las cosas— empezaba a asomar, y chocaba de frente con la realidad en la que vivíamos. Nuestra posición social y económica no dejaba espacio para esas aspiraciones, ni siquiera como gesto.
En aquel entonces, igualarme a él no era improbable: era imposible.
Hoy tampoco me le igualo. Entre otras cosas, porque no existe.
Pero el tiempo ha hecho su trabajo.
Y aunque sigo lejos de ese imaginario, ahora puedo permitirme ciertas licencias y libertades que entonces —y para muchos, incluso hoy— siguen estando vedadas.
Tal vez mi madre no estaba jugando con las palabras.
Tal vez estaba nombrando, antes que yo, una posibilidad.
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