Las islas
Las islas…
Definitivamente estoy geográficamente atraído hacia las islas.
Nací en la mayor de las Antillas y, desde entonces, mi relación con ellas ha sido especial: intensa, imprescindible, inevitable, deseada… y siempre disfrutada al máximo.
Haciendo un alarde de memoria —y a sabiendas de que la lista estará incompleta, entre otras cosas porque algunos nombres no los sé o no los recuerdo— aquí va mi recorrido por islas en las que he vivido por más de una semana o que he visitado. Desde el Caribe hasta Asia y Europa:
Cuba, Isla de la Juventud, Jamaica, Dominica, Antigua y Barbuda, Lilla Essinge, Stora Essinge, Kungsholmen, Ornö, Torö, Gotland, Apo Island, Samos, Rodas, Guadalupe, Isla Margarita, Cozumel, Ingarö, Mallorca, Menorca, Lanzarote, Gran Canaria, Rab, Krk, Maldivas, Brothers Island, Åland.
Caminando en la mañana por las calles de Cozumel, algo me recordó a La Habana.
No fue algo evidente ni inmediato. La Habana no se repite.
Pero había una sensación… una especie de familiaridad difícil de explicar.
Tal vez era la luz. Esa luz temprana que no solo ilumina, sino que revela.
Tal vez el aire, cargado de sal y de calor, pegándose suavemente a la piel.
O esa manera en que la ciudad despierta sin prisa, como si el día necesitara un tiempo para acomodarse antes de comenzar del todo.
Había también algo en el ritmo.
En la cadencia invisible de la calle.
En esa forma tan insular de existir donde el tiempo no se mide solo en horas, sino en sensaciones.
Las islas se parecen entre sí de una manera secreta.
No en su arquitectura, ni en su idioma, ni siquiera en su historia…
sino en algo más profundo, casi imperceptible.
Un pulso común.
Una respiración compartida.
Vivir rodeado de agua no es solo una condición geográfica; es una forma de ser.
Es crecer sabiendo que el horizonte siempre está ahí, abierto… pero delimitado.
Es entender, sin que nadie te lo explique, que el mundo continúa más allá, pero que hay algo en ese pedazo de tierra que te define.
Y quizás por eso, caminando por Cozumel, regresé por un instante a La Habana.
No a la ciudad exacta, sino a su eco.
A su atmósfera.
A una parte de mí que nunca se ha ido.
Comentarios
Publicar un comentario