Jardín del Edén

 





Durante mucho tiempo imaginé este momento. Lo vi en fotos, lo escuché en relatos de otros buceadores, lo soñé incluso… pero nada, absolutamente nada, se compara con estar allí, descendiendo lentamente en el Cenote Jardín del Edén.


Desde el primer contacto con el agua sentí que entraba en otro mundo. Un silencio profundo, casi sagrado, lo envolvía todo. No era solo ausencia de ruido, era una calma que se instalaba también dentro de mí. Cada respiración se volvía consciente, pausada, como si el tiempo decidiera moverse a otro ritmo.


A medida que avanzaba, los haces de luz atravesaban el agua con una precisión casi divina, dibujando columnas luminosas que iluminaban la escena como si fuera un templo natural. La vegetación, suspendida y viva, parecía observarnos en silencio, mientras las formaciones rocosas, esculpidas durante miles de años, contaban historias que no necesitan palabras.


Flotaba… no solo en el agua, sino en una sensación de plenitud difícil de describir. Todo estaba en equilibrio: la luz, el espacio, mi respiración, mi mente. Y en ese instante comprendí por qué había esperado tanto este momento.


No quería que terminara. Hubiera querido quedarme allí, suspendido en esa paz, en ese mundo aparte donde todo tiene sentido y nada hace falta.


Salir a la superficie fue regresar… pero sabiendo que una parte de mí se quedó abajo, en ese rincón perfecto del planeta.


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