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Mostrando entradas de marzo, 2025

El misterio de la faja

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Cuando yo era niño, había cosas en casa que simplemente existían sin que nadie las cuestionara. Como el mantel de la mesa, la vieja radio en la sala o el ventilador que giraba con un zumbido constante. Y entre esas cosas estaba la faja de mi madre. No recuerdo la primera vez que la vi, pero sé que me llamaba la atención. No era una prenda común como las camisas o los vestidos que colgaban en el armario. La faja aparecía en momentos específicos, justo antes de que mi madre se vistiera para salir. Me parecía extraño cómo siempre la sacaba con cuidado, la extendía entre sus manos y luego, con movimientos que conocía de memoria, se la ponía antes de completar su atuendo.   Yo no entendía del todo su propósito, pero sabía que era importante para ella. La veía ajustarla con seriedad, como quien sigue un ritual. A veces, mientras yo jugaba o estaba enredado en mis pensamientos, me llegaban sus palabras: “Así la ropa me queda mejor”. No cuestionaba lo que decía, pero la curiosidad sie...

Horario de verano

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 Este fin de semana comenzó el horario de verano. Lo noto en la luz, en la forma en que el sol se cuela por mi ventana más temprano y se niega a despedirse hasta bien entrada la noche.  Es curioso, porque a pesar de este cambio que anuncia días más largos y una cercanía con el verano, el frío aún no se ha ido del todo. Pero el frío tiene solución: basta con abrigarse bien. Lo que realmente cambia es la gente. El andar de las personas es distinto, más ligero, como si la luz les quitara un peso de encima. Se visten de otra manera, se comportan diferente.  Es como si la ciudad despertara de un largo letargo, dejando atrás la penumbra del invierno y abrazando con ansias la claridad. En esta época, Estocolmo brilla con una belleza especial. Yo lo disfruto. Disfruto los días más largos, el sol que acaricia los edificios y tiñe el cielo con colores imposibles al atardecer.  Disfruto la sensación de que el tiempo se estira un poco más, como si el día me diera un regalo extra...

Buceando con el ministro

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Parecía un día normal en el Stockholms Diving Center, el club donde trabajo como instructor de buceo. Tenía programado un curso Scuba Skills Update, una sesión para refrescar habilidades. Todo transcurría con la rutina habitual: clientes entrando y saliendo, conversaciones entre instructores, revisiones de equipos. De repente, bajó un hombre de unos 50 años, acompañado por dos personas más. Uno de los instructores me lo presentó: —Saúl, este es tu alumno. Nos dimos la mano. —Mucho gusto, Saúl —dije con naturalidad. Revisamos papeles, chequeamos el equipo y le pregunté si tenía automóvil para encontrarnos directamente en Högdalen Simhall, la piscina donde haríamos la sesión. Me dijo que sí, así que le di la dirección. Mientras recogía su equipo, hizo un comentario curioso: —Voy a necesitar 8 kg de lastre. Me reí y negué con la cabeza. —Con un shorty y ese peso te hundirías como una piedra. Él también rió. Tomó su bolsa con el traje, el BCD, regulador, máscara y aletas,...

Los guagüeros

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 E stilo y aguaje sobre ruedas En La Habana de los años 70, 80 y 90, moverse en guagua no era solo un medio de transporte, era una experiencia. Recuerdo perfectamente las rutas que solía tomar: la 1, que iba de Párraga a la Avenida del Puerto; la 2, de Párraga al Vedado; la 4, de Mantilla al Parque de la Fraternidad; la 37 y la 74, que llevaban desde La Víbora o Lawton hasta Línea; la 100, que llegaba desde La Víbora hasta las playas de Maranao; y la 15, que también conectaba La Víbora con la Avenida del Puerto. Cada una tenía su propio ambiente, su propio ritmo, su propia vida. Pero si algo llamaba mi atención, más allá del caos de las paradas repletas y el ajetreo del día a día, eran los choferes. En buen cubano, aquellos hombres tenían un aguaje especial. No era solo que manejaban, era la manera en que lo hacían. Se sentaban de medio lado, con una mano en el volante y la otra descansando con aire de dueño y señor sobre la palanca de cambios. Sus movimientos eran precisos, ca...

Escribiendo ….

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Cuando comencé a escribir sobre anécdotas de mi infancia y juventud, nunca imaginé que el proyecto tomaría tanta fuerza. Al principio, fue simplemente una manera de recordar momentos personales y compartirlos. Sin embargo, un par de amigos me alentaron a seguir adelante, sobre todo, una amiga mexicana muy especial, quien me dio el empujón definitivo después de un tiempo sin escribir. Con el tiempo, este ejercicio de memoria se convirtió en algo más profundo: un reencuentro con mi pasado y un análisis de mi presente a través de relatos y situaciones que he vivido. Lo que comenzó como una meta de 365 anécdotas en un año—una por cada día—pronto se expandió. Hoy, numéricamente he superado las 700 historias, aunque en realidad algunas contienen mucho más que un simple relato breve. Por ejemplo, en febrero, el mes de mi cumpleaños, cada día fue una historia distinta, sumando 27 anécdotas solo en ese periodo. En un inicio, ilustraba mis textos con imágenes tomadas de Google, pero con el auge ...

Dos infancia. Dos mundos

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Si me pongo a pensar en mi infancia y la comparo con la de mis hijos, es como si hubiéramos crecido en dos planetas distintos. Yo nací en Cuba, ellos en Suecia. Yo crecí con ciertas limitaciones, ellos con un mundo abierto de posibilidades. Y aunque cada infancia tiene su encanto y sus enseñanzas, hay diferencias que no se pueden ignorar. Por ejemplo, la libertad. Cuando yo era niño, la palabra “libertad” tenía un significado muy diferente al que tiene para Carla y Leandro. Yo crecí en un lugar donde muchas cosas estaban restringidas: lo que podías decir, a dónde podías ir, lo que podías leer. No es que anduviéramos con cadenas, pero había líneas invisibles que no se podían cruzar. En cambio, mis hijos han crecido en un país donde pueden ser y pensar lo que quieran sin miedo a represalias. Otro tema es la educación.  En Cuba, la escuela era obligatoria, gratuita y con un nivel académico bastante bueno en comparación con otros países de la región, pero había una gran dosis de a...

El negocio de las botellas

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Yo tenía ocho, tal vez diez años. Eran los años setenta. La Habana era un hervidero de sol y de escaseces. Vivíamos en La Víbora, en una casa que olía a comida recién hecha y a linóleo limpio. Mi madre tenía amigos, conocidos, gente que entraba y salía de la casa con la familiaridad de quien no necesita tocar la puerta. Entre ellos estaba él. Un jabao, como le decimos en Cuba. Alto, calvo, narizón, barrigón. Tenía una voz gruesa, medio gastada por el cigarro, y una forma de hablar que envolvía, que hacía que uno le prestara atención aunque no quisiera. Un tipo con labia, con una manera de decir las cosas que te hacía pensar que él siempre tenía razón. Pero yo era un niño. No sé cómo empezó todo. Supongo que me llamaba con su voz gruesa y su sonrisa de dientes grandes y me decía: —Chama, ven acá, ayúdame con esto un momentico. Y yo iba. ¿Cómo no iba a ir? Era un amigo de mi madre. Y en aquellos tiempos, cuando uno era un niño, los amigos de los padres eran algo así como parientes postiz...

La excepción a la regla.

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¡Ay mamá Inés! ¡Ay mamá Inés! Todos los negros tomamos café. Eso dice la canción, la tararean muchos cubanos, la bailan, la sienten como un reflejo de identidad. Pero yo… yo soy la excepción. No tomo café.  Nunca me ha gustado.  Y mira que lo he intentado.   Lo he probado en su forma más cubana posible: oscuro,  espeso,   en una tacita pequeña,   con un montón de azúcar,  caliente como el mismísimo infierno,  quemándome la lengua  y aturdiendo las papilas gustativas.  Me lo han servido con insistencia,  con cariño,  con ese tono casi ofendido de “¿cómo que no tomas café?”.  He recibido miradas de incredulidad cuando lo rechazo.  He escuchado ese inevitable “¡pero si eres cubano!” como si el pasaporte viniera con una dosis de cafeína en el bolsillo. Porque, según muchos, ser cubano y no tomar café es casi un sacrilegio.  Y si a eso le sumas el otro “dogma” de que todos los negros tomamos café, ento...