El negocio de las botellas
Yo tenía ocho, tal vez diez años. Eran los años setenta. La Habana era un hervidero de sol y de escaseces. Vivíamos en La Víbora, en una casa que olía a comida recién hecha y a linóleo limpio. Mi madre tenía amigos, conocidos, gente que entraba y salía de la casa con la familiaridad de quien no necesita tocar la puerta. Entre ellos estaba él.
Un jabao, como le decimos en Cuba. Alto, calvo, narizón, barrigón. Tenía una voz gruesa, medio gastada por el cigarro, y una forma de hablar que envolvía, que hacía que uno le prestara atención aunque no quisiera. Un tipo con labia, con una manera de decir las cosas que te hacía pensar que él siempre tenía razón. Pero yo era un niño.
No sé cómo empezó todo. Supongo que me llamaba con su voz gruesa y su sonrisa de dientes grandes y me decía:
—Chama, ven acá, ayúdame con esto un momentico.
Y yo iba. ¿Cómo no iba a ir? Era un amigo de mi madre. Y en aquellos tiempos, cuando uno era un niño, los amigos de los padres eran algo así como parientes postizos.
Las botellas. Las botellas vacías estaban en cajas de madera, algunas con etiquetas a medio despegar, otras todavía con restos de cerveza seca en el fondo. Él las revisaba, las ordenaba, y yo, con mis manos pequeñas, las sacaba, las limpiaba, las ponía en su sitio.
—Vamos, chama, ayúdame a cargar.
Las cajas llenas pesaban, pero yo era fuerte. O al menos quería demostrar que lo era. Las levantaba con esfuerzo, las acomodaba en el carrito que él empujaba hasta algún rincón del barrio donde tenía su clientela. Yo iba con él. Veía cómo vendía las botellas, cómo los billetes se acumulaban en sus manos grandes, cómo se guardaba el dinero en el bolsillo sin que yo viera un centavo.
No sé en qué momento me di cuenta. Quizás fue un día en que, después de cargar cajas enteras bajo el sol, regresé a casa con la boca seca y sin un solo centavo en el bolsillo. Quizás fue cuando vi a otro chamaco de mi edad corriendo con una paleta en la mano, con el dinero de su domingo bien ganado, mientras yo no tenía ni para un caramelo.
Yo trabajaba. Él ganaba dinero.
Nunca había pensado en eso. Hasta hoy.






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