La excepción a la regla.
¡Ay mamá Inés! ¡Ay mamá Inés! Todos los negros tomamos café. Eso dice la canción, la tararean muchos cubanos, la bailan, la sienten como un reflejo de identidad. Pero yo… yo soy la excepción.
No tomo café.
Nunca me ha gustado.
Y mira que lo he intentado.
Lo he probado en su forma más cubana posible: oscuro,
espeso,
en una tacita pequeña,
con un montón de azúcar,
caliente como el mismísimo infierno,
quemándome la lengua
y aturdiendo las papilas gustativas.
Me lo han servido con insistencia,
con cariño,
con ese tono casi ofendido de “¿cómo que no tomas café?”.
He recibido miradas de incredulidad cuando lo rechazo.
He escuchado ese inevitable “¡pero si eres cubano!” como si el pasaporte viniera con una dosis de cafeína en el bolsillo.
Porque, según muchos, ser cubano y no tomar café es casi un sacrilegio.
Y si a eso le sumas el otro “dogma” de que todos los negros tomamos café, entonces ya la cosa se vuelve casi un asunto de identidad.
¿Cómo que no?
¿Y qué bebes por la mañana?
¿Cómo te despiertas?
¿Cómo sobrevives?
Como si la vida dependiera de ese brebaje oscuro y amargo.
Pero no.
No lo necesito, no lo quiero.
No me dejo arrastrar por esa corriente, esa presión de grupo disfrazada de tradición.
Porque al final, ¿qué es lo que nos define?
¿Lo que bebemos?
¿Lo que comemos?
¿O lo que decidimos por nosotros mismos?
Yo elijo no tomar café, elijo no seguir la inercia de lo esperado. Soy cubano, soy negro, pero no tomo café. Y no pasa nada.
Quizás la canción diga otra cosa. Quizás a muchos les choque mi elección. Pero al final del día, mientras otros llenan su tacita humeante y celebran su dosis de cafeína, yo levanto mi vaso de agua, mi jugo, mi batido de frutas, y sonrío.



Interesante revelación, por supuesto que causa revuelo
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