Dos infancia. Dos mundos
Si me pongo a pensar en mi infancia y la comparo con la de mis hijos, es como si hubiéramos crecido en dos planetas distintos. Yo nací en Cuba, ellos en Suecia. Yo crecí con ciertas limitaciones, ellos con un mundo abierto de posibilidades. Y aunque cada infancia tiene su encanto y sus enseñanzas, hay diferencias que no se pueden ignorar.
Por ejemplo, la libertad. Cuando yo era niño, la palabra “libertad” tenía un significado muy diferente al que tiene para Carla y Leandro. Yo crecí en un lugar donde muchas cosas estaban restringidas: lo que podías decir, a dónde podías ir, lo que podías leer. No es que anduviéramos con cadenas, pero había líneas invisibles que no se podían cruzar. En cambio, mis hijos han crecido en un país donde pueden ser y pensar lo que quieran sin miedo a represalias.
Otro tema es la educación.
En Cuba, la escuela era obligatoria, gratuita y con un nivel académico bastante bueno en comparación con otros países de la región, pero había una gran dosis de adoctrinamiento.
En Suecia, la educación es diferente: menos rígida, más enfocada en el pensamiento crítico y en el desarrollo individual. Carla, por ejemplo, habla tres idiomas perfectamente y está aprendiendo un cuarto. Yo, a su edad, apenas empezaba a entender algo de inglés, y lo poco que aprendía era con libros viejos o con programas de radio que se filtraban de otras partes del mundo. Leandro, aunque más pequeño, ya está en camino con más de un idioma. Eso es una ventaja enorme, porque el lenguaje no solo abre puertas, también abre mentes.
Y luego está la calidad de vida. Yo crecí en un ambiente cálido, con la calle llena de niños jugando, vecinos que eran como familia, y una vida simple pero con sus encantos. Sin embargo, también crecí con apagones, con colas interminables para comprar comida y con una sensación constante de escasez. Mis hijos no saben lo que es eso. Tienen acceso a todo lo que necesitan sin dificultad, pueden viajar sin restricciones y viven en un país donde la seguridad no es una preocupación constante.
Pero no todo es blanco y negro. A veces me pregunto si, con tantas facilidades, mis hijos valoran las cosas tanto como yo las valoraba cuando era niño. ¿Saben lo que es realmente luchar por algo? ¿Entienden el peso de la historia y las circunstancias que los han hecho tan privilegiados? Esas son cosas que trato de enseñarles, porque, aunque crecimos en mundos distintos, quiero que lleven lo mejor de ambos.
Así que sí, son una versión mejorada de lo que yo fui a su edad. No porque yo haya sido menos, sino porque ellos han tenido más oportunidades. Y eso, al final del día, es lo que uno quiere para sus hijos: que puedan ir más lejos, ver más mundo y ser más libres de lo que uno fue.










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