Los guagüeros


 Estilo y aguaje sobre ruedas


En La Habana de los años 70, 80 y 90, moverse en guagua no era solo un medio de transporte, era una experiencia. Recuerdo perfectamente las rutas que solía tomar: la 1, que iba de Párraga a la Avenida del Puerto; la 2, de Párraga al Vedado; la 4, de Mantilla al Parque de la Fraternidad; la 37 y la 74, que llevaban desde La Víbora o Lawton hasta Línea; la 100, que llegaba desde La Víbora hasta las playas de Maranao; y la 15, que también conectaba La Víbora con la Avenida del Puerto. Cada una tenía su propio ambiente, su propio ritmo, su propia vida. Pero si algo llamaba mi atención, más allá del caos de las paradas repletas y el ajetreo del día a día, eran los choferes.


En buen cubano, aquellos hombres tenían un aguaje especial. No era solo que manejaban, era la manera en que lo hacían. Se sentaban de medio lado, con una mano en el volante y la otra descansando con aire de dueño y señor sobre la palanca de cambios. Sus movimientos eran precisos, casi coreografiados: aceleraban, frenaban, giraban el timón con una maestría que convertía cada viaje en un espectáculo.


Pero más allá de la técnica, lo que de verdad los distinguía era el estilo. Muchos llevaban la clásica camisetilla “perro” debajo de la camisa, que solía estar desabotonada hasta cierto punto, dejando ver un pecho adornado con cadenas doradas o de fantasía. En las manos, anillos gruesos, manillas llamativas, relojes grandes y relucientes. Algunos lucían dientes de oro que brillaban cuando soltaban algún comentario con picardía. Las patillas largas eran casi un sello de identidad, y el fleito, ese peinado de la época con un toque de guapería, le sumaba otro nivel a su imagen. A veces, incluso, usaban botines en lugar de los zapatos comunes, dándole un aire aún más peculiar a su figura.


Manejar una guagua de la UOBA en aquellos tiempos no era tarea fácil. Los ómnibus venían abarrotados desde la primera parada, y cada chofer tenía que lidiar con la multitud, el calor, los pasajeros impacientes y la presión del horario. Pero ellos lo hacían con una actitud que imponía respeto. Cuando gritaban “¡échense pa’ atrás, que todavía caben más!”, era mejor no cuestionarlos. Y si alguien intentaba colarse sin pagar, una sola mirada bastaba para disuadirlo.


También estaban los que ponían música en la cabina, convirtiendo el viaje en un pequeño concierto ambulante. Un son, una bachata, un bolero o hasta un tema de salsa bien pegajoso marcaban el ritmo del trayecto. Algunos eran más serios, otros más extrovertidos, pero todos tenían en común ese aire de seguridad y dominio absoluto de su reino sobre ruedas.


Para mí, aquellos choferes eran más que simples conductores: eran personajes de la ciudad, con un estilo propio e inconfundible. Verlos maniobrar aquellos gigantes de metal con destreza y desparpajo era, en sí mismo, un espectáculo. Hoy, cuando pienso en aquellas guaguas atestadas, en el sonido del motor y en la voz del chofer llamando a la próxima parada, me invade una nostalgia que me arranca una sonrisa. Porque más allá del bullicio y las incomodidades, aquellos viajes formaban parte de la esencia misma de La Habana, de su ritmo, de su carácter. Y en medio de todo eso, los choferes brillaban como los verdaderos dueños del camino.

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