Retomando mi lugar.
Me desperté con la luz del amanecer colándose por la ventana, esa luz dorada que acaricia las copas de los árboles y me recuerda que cada día es una nueva oportunidad. Respiro profundo. Me siento descansado. Me siento más yo.
Hace poco, en Italia, me hicieron ver algo que ya estaba frente a mis ojos, pero que no había querido reconocer: estaba priorizando a alguien que no me priorizaba a mí. No por maldad, simplemente porque así era la dinámica. Yo me esforzaba, yo me desgastaba, yo recorría distancias largas después de jornadas agotadoras, mientras la otra persona descansaba. Yo me acomodaba a condiciones incómodas, a desatenciones disfrazadas de normalidad. Y lo permitía. Hasta que me di cuenta.
No fue una revelación brusca, sino algo que se asentó en mi mente como una certeza innegable. ¿Por qué seguir en un lugar donde mi presencia no pesa? ¿Por qué seguir en una dinámica que me resta en lugar de sumarme? Así que volví. Pero esta vez volví a mí.
Desde entonces, mis días han cambiado. Ya no madrugo para tomar transportes cansado, ni me duermo en viajes largos después de una jornada extenuante. Ahora duermo en mi cama, la que me abraza en cada noche tranquila. Me despierto y desayuno sin prisas, con la luz de la mañana iluminando mi apartamento. Mi casa se ha convertido en mi refugio de paz, un espacio que ahora disfruto como nunca antes.
Tengo más tiempo para mí. Para caminar sin rumbo, para respirar profundo sin sentirme agotado. Para escuchar música y ver cómo la tarde se va tiñendo de naranja desde mi ventana. Para disfrutar de las cosas simples que antes postergaba.
Lo mejor de todo es que me aprecio más. Me miro con gratitud, con respeto. Me doy a mí mismo lo que antes buscaba en otros. Y eso es lo que realmente vale.



Valiente...
ResponderEliminar