En el solar
En ese lugar decidimos presentar una sola obra: el Abakuá. En el centro del solar crece una enorme ceiba, un árbol sagrado en la tradición afrocubana, y fue allí donde bailamos los íremes , con todo lo que el ritual conlleva. Los encames, los cantos de wemba, la procesión de los íremes… todo fluyó con una energía indescriptible. Sentir el ritmo del tambor, el eco de los cantos, la vibración del suelo bajo mis pies mientras girábamos alrededor de la ceiba, fue algo más que una simple presentación. Fue un momento de conexión profunda, de algo que iba más allá de nosotros.
Pero lo más curioso ocurrió al finalizar la función. Pasé nuevamente junto a la ceiba, por el mismo lugar donde había bailado, y entonces vi lo que antes no había notado: entre sus raíces había pedazos de vidrio, objetos filosos, cosas que podrían haberme herido fácilmente. Sin embargo, no tenía ni un solo rasguño. Ni una cortadura. ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Protección de algo supremo? No lo sé. Lo único que sé es que la experiencia fue mágica, irrepetible e inolvidable.






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