Apretaditos los dos




 Íbamos rumbo a Santa María, un grupo de amigos con la emoción de un día de playa. Habíamos tomado la ruta 400 desde La Habana Vieja, esa guagua que, más que un medio de transporte, parecía un rito de iniciación para cualquiera que quisiera disfrutar del mar sin gastar mucho. Y, como siempre, la escena era la misma: un mar de gente joven, con gorras, chancletas y toallas al hombro, apiñados en el calor sofocante de un vehículo que, desde la primera parada, ya iba lleno hasta los topes.

Apretaditos los dos.




Ese verso de Vicentico Valdés me vino a la mente justo en ese momento. Claro, el contexto no tenía nada de romántico. La guagua estaba tan llena que los cuerpos quedaban pegados unos a otros sin remedio. Quien lograba subir tenía que quedarse exactamente en la posición en la que había entrado, sin posibilidad de moverse ni un milímetro. Y ahí estaba yo, con la suerte –o el destino, según se mire– de quedar frente a una muchacha.


Era joven, bonita y, en otras circunstancias, tal vez me habría animado a hablarle. Pero no había espacio ni para un respiro profundo, mucho menos para una conversación relajada. Nuestros cuerpos estaban en contacto absoluto, pegados por la fuerza de la multitud. No fue una situación incómoda, ni incómodamente tensa. Fue, más bien, curiosa.


El trayecto transcurrió así, con la ciudad avanzando lentamente fuera de las ventanillas mientras la guagua se sacudía entre frenazos y arrancadas. Minuto tras minuto, kilómetro tras kilómetro, hasta que, al fin, el mar apareció a lo lejos, azul y brillante bajo el sol.


Debí haberle preguntado su nombre, quizás su número de teléfono. Pero yo era demasiado joven, y mi mente estaba en otro lado: en el agua fresca, en los juegos con los amigos, en la diversión del día que nos esperaba.


Fue una experiencia curiosa, anecdótica, de esas que en el momento simplemente se viven, pero que, con los años, se recuerdan con una sonrisa.

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