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Mostrando entradas de 2026

El pasa pena

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En mis tiempos de Barcelona, las conversaciones con amigos —también emigrados, también cubanos— siempre terminaban en lo mismo: papeles, permisos… y pasaportes. Había risas, exageraciones, historias repetidas mil veces. Y en medio de todo eso, alguien soltaba la frase: —Asere, el pasaporte cubano no es un pasaporte… es un «pasa pena». Y claro, uno se reía.   Porque reírse era más fácil que ponerse a explicar. Yo asentía, convencido de entender perfectamente a qué se referían: las colas eternas en inmigración, la fila especial —esa donde uno se encuentra con “los suyos”—, las miradas rápidas de los funcionarios, como quien revisa algo que requiere un poquito más de atención que el resto. Sí, sí… el «pasa pena».   Todo claro. O eso pensaba. Hasta que un día, en la puerta de embarque de un aeropuerto en Italia… Estaba listo para abordar. Como a todos, me pidieron la tarjeta de embarque y el pasaporte. El documento cubano tenía una banda de lectura para verificar su autenticidad. ...

¿Bailar el trompo?

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 El trompo, bailar el trompo… Más allá de su milenario origen, hoy quiero detenerme en algo distinto, aunque emparentado en esencia con el resultado final de ese juego infantil: girar, moverse, dejarse llevar. La línea narrativa comienza en el verbo bailar. En mi familia, la veta bailadora venía por mi madre. Le encantaban la música y el baile; los danzones y los sones eran sus géneros predilectos. Crecí viéndola girar —ligera, segura— en los brazos de mi padrino, o en reuniones donde la música parecía existir solo para ella. Con ella compartí mi primer baile. Y también el último. Ese que fue despedida. En casa, la música era protagonista. Pero el baile —eso de girar como un trompo al compás— era territorio suyo, un don que descendía de ella hacia nosotros, sus hijos. Mi padre, en cambio, intentaba marcar los pasos y quedaba, inevitablemente, descalificado. Había en su empeño algo entrañable y cómico. Mi madre se burlaba con cariño:   «Este es gallego»   o   «No le e...

Presentación social

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  Ayer amaneció con un sol que parecía de otro país. Aquí en Suecia no siempre regalan días así: cielo completamente azul, sin una nube, y un calor que se quedaba en la piel como si fuera julio en el Caribe. Salí de casa con esa sensación rara de estar en el lugar equivocado y, al mismo tiempo, en el momento perfecto. Cuando llegué, ya se escuchaban voces desde afuera. La puerta estaba entreabierta, como invitando sin formalidades, y apenas crucé el umbral me envolvió una mezcla de aromas que no dejaba lugar a dudas: aquello no era una reunión cualquiera. Era otra cosa. Era casa, aunque no fuera la mía. En la mesa, los platos hablaban por sí solos. Allí estaba la ropa vieja, deshilachada y fragante; la yuca con mojo con ese brillo de ajo y aceite que promete; el arroz blanco, humilde y necesario; y más allá, como esperando su momento, el flan y la panetela. Pero también había garbanzos con chorizo, cava enfriándose, vino… una mezcla que no desentonaba, sino que contaba una hist...

Atardecer por la mañana

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  Migajas….. ... en forma de unos cuantos segundos de un video clip que como menos duraba entre cuatro o cinco minutos. Era el video de despedida de un programa tele llamado « Revista de la mañana » conducido por Marianita Morejón. A los melómanos y/o amantes de la música en inglés, casi siempre de factura estadounidense nos tendieron la trampa televisiva de no saber cuándo pasarían el fragmento del video de turno. Y cuando más emocionado uno estaba…..aparecían los créditos que malograban toda la información visual. Así y todo la migaja hacía crecer mucho más el interés por la música  y el idioma. El video que más recuerdo era el de Herp Albert « Rise »…. Esa mezcla del sonido de su trompeta y las imágenes de un atardecer en la playa…. Aquel instante se repetía como un pequeño ritual, casi una ceremonia secreta entre la pantalla y uno. El reloj avanzaba lento durante todo el programa, pero en esos últimos minutos parecía correr… como si supiera que estaba a punto de es...

La receta

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Tendríamos visita. Españoles. Amigos de la familia. Y como pasa siempre en esos casos… uno quiere estar a la altura. Pensé en algo especial. Algo que no fuera improvisado, algo que hablara bien de nosotros sin necesidad de explicaciones. Y entonces apareció la idea, casi sola: La paella valenciana. No era cualquier plato. Era casi una declaración. Y yo tenía el libro. Ese libro que me traje desde Cuba. Edición de 1937. Intacto por dentro, sabio sin alardes. Lo abrí con una mezcla de respeto y confianza, como quien consulta a alguien mayor. Y ahí estaba: la receta. Sin adornos. Sin reinterpretaciones modernas. Directa. Auténtica… o al menos eso quise creer. Y cometí el primer acto de valentía —o de inconsciencia—: dije en voz alta que la haría. A partir de ese momento ya no había marcha atrás. Días antes de la cena empezó la verdadera historia. El arroz… no cualquier arroz. El azafrán… que no siempre aparece cuando uno lo necesita. Las carnes… los mariscos… los equivalent...

El libro

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  Guía del buen comer. Consejos para el hogar y recetas de cocina. Marquesa de la Corrada. La Casa Montalvo… La Habana, 1937.” Yo no encontré el libro. El libro me encontró a mí. Llegó a mis manos a través de mi madre, como llegan las cosas importantes: sin ceremonia, casi en silencio. No tenía carátula. Era un cuerpo incompleto, un libro sin rostro… pero intacto por dentro, como si todo lo esencial se hubiera protegido solo con el paso del tiempo. Lo abrí con cuidado. Y ahí dentro no había solo recetas. Había una forma de vivir. Las páginas estaban llenas de platos que hoy sonarían sencillos, pero que en su momento eran casi rituales: caldos hechos sin prisa, carnes que exigían paciencia, dulces que pedían precisión y cariño. No eran recetas para resolver el hambre. Eran recetas para sostener un hogar. Pero el libro iba más allá. Entre sus líneas también enseñaba cómo sentarse a la mesa. Cómo colocar las manos. Cómo esperar. Cómo servir primero a otros. Había algo profundamente hu...

Chea

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Chea, era una abuelita dulce, encantadora, todo amor y ternura, sabia, cubana, mulata y amiga de mi madre.  Llegar a su apartamento en el pasillo que estaba al lado de la pescadería era como subir en mi status entre los adultos.  Mi estancia alli casi siempre era breve y en alguna que otra ocasión era para verificar algo relacionado con alguna prenda de vestir que ela me estaba arreglando o adaptando.  De pelo canoso, piel canela, arrugada por la vida, los años y las experiencias.  de ella tengo un libro de recetas y secretos de cocina, de nombre " La guía del buen comer " de una marquesa de la Forrada, creo, edición de 1937 . Chea, con sus manos sabias, no solo arreglaba ropa… arreglaba presencias.  Ajustaba telas como quien entiende el cuerpo y también la vida. Cada puntada llevaba paciencia, y algo más difícil de nombrar: cariño sin prisa. Uno llegaba con cualquier excusa —una basta, un botón, una manga— pero en realidad era por ella. Por esa forma de hablar...

Mi madre …en inglés

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  Mi madre tenía un amigo al que le decían “Barquín”.   O al menos eso era lo que yo escuchaba. Cada vez que se encontraban, ocurría algo que a mí me parecía extraordinario. Ella: —Hello! How are you? Él: —Fine. And you? Ella: —Very well, thank you…   —How do you do? Y ahí, más o menos, terminaba el intercambio.   O quizás no. Quizás seguían hablando. Pero hasta ahí llegaba mi atención… y mi comprensión. Yo estaba en la escuela primaria y no entendía una sola palabra de inglés.   Aun así, aquello me fascinaba. No era solo el idioma.   Era mi madre. Verla moverse con naturalidad en otra lengua, como si cruzara una puerta invisible, despertaba en mí una admiración silenciosa. Me hacía sentir orgulloso sin saber exactamente por qué. “Barquín” era un personaje en sí mismo.   Jaba’o, pelo afro, un bigotito finito. Flaco, desgarbado, con algo de estrafalario. Pero tenía una presencia que no pasaba desapercibida. Y entre los dos, en medio de aquella cotidiani...

¿Rico Mc Pato yo ?

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  En ocasiones, mi madre me increpaba con una frase que entonces me parecía uno más de sus juegos de palabras: —¿Tú te crees que tú eres Rico McPato? Yo la escuchaba sin detenerme demasiado. En su manera de hablar abundaban los giros, los dichos, las ironías. Aquello, pensé durante años, no era más que otra de sus ocurrencias. Estaba equivocado. Ayer, a mis 57 años, lo entendí. De niño no pregunté. De adulto, en cambio, me ganó la curiosidad. Descubrí que Rico McPato no era solo un nombre lanzado al aire, sino una referencia precisa, cargada de intención. No se trataba únicamente de un personaje rico, sino de todo lo que encarnaba: la obsesión por el dinero, el control, la acumulación, una forma muy concreta de estar en el mundo. Entonces comprendí que aquella pregunta de mi madre no era casual. Era una advertencia, quizá también una intuición. Algo en mí —ciertos hábitos, tal vez una manera de relacionarme con las cosas— empezaba a asomar, y chocaba de frente con la...